En la quintaesencia del patriarcado

Voy a ser breve, que me da pereza.

«Tengo un coche, muy guapo. De hecho, tengo coche y conduzco desde hace más de treinta años, por tanto, como comprenderéis, no hace falta que vaya a un taller mecánico. Yo me lo guiso y yo me lo como siempre que surgen averías o me deja tirado».

«Tengo una casa, bueno un chalé de nueva construcción. Dos plantas. Como llevo viviendo en el chalé una pila de años, cuando parecían existir problemas en las estructuras, no hablo con ningún arquitecto, no hace falta, si conoceré yo bien mi casa. Mejor que nadie».

«Tengo una madre con alteraciones de comportamiento; también tuve una tía que padeció de Alzheimer durante ocho años; imaginaos lo bien que conozco la enfermedad, así que no hace falta que vaya a la geriatra o a neurología, ya sé que mi madre sufre lo mismo».

No sé vosotres, pero, por mi parte, jamás en mi vida he escuchado soltar a nadie las dos primeras sandeces. La tercera, un huevo, la última vez hace menos de una semana al hijo «experto en demencia» de una residente.

¿Por qué nadie suele atreverse a ejercer en la práctica de mecánique o de arquitecte (de boquilla lo hacemos mucho, sí) y no suele haber ningún tipo de problema en diagnosticar con rotundidad cuáles son las causas del comportamiento de alguna persona del entorno y hasta determinar qué es lo más adecuado para ella aunque no seamos geriatras ni neurólogues?

Porque los cuidados y las tareas socialmente feminizadas los puede hacer cualquiera, faltaría más. No es necesario estudiar una mierda para limpiar un culo, para hacer jueguecitos de terapia o para saber que si mi madre se pone farruca es porque tiene demencia, la pobre, por más que un equipo de profesionales (todas mujeres, por cierto, menos el menda) te diga que es conductual.

A veces me da pena ser noviolento. Hoy mismo me apetecía un huevo darle de hostias al susodicho hijo machista de la madre con Alzheimer inducido.

Ecovidrio no tiene el síndrome del impostor

Pues eso, que acabo de ver en la calle un anuncio de Ecovidrio en una marquesina y más coraje no me ha podido dar. Los ojos como platos, oiga, se me salían de las órbitas.

Se basa el cartelito de marras en su campaña de mierda para desmitificar, según dicen, las fake news sobre el reciclaje del vidrio en España. Pa conocer un poco el trasunto, comparto con dolor de estómago el vídeo: «Hay más de 300.000 contenedores verdes en las calles. Y luego a quien dice que no tiene dónde dejar el vidrio».

Para empezar: que sepas que si no reciclas vidrio la culpa es tuya que eres un mierdecilla y no te esfuerzas. Da igual que omitan que la responsabilidad y obligación legal de hacerlo no son de la ciudadanía, sino de los Ayuntamientos. ¡La culpa es tuya, inútil! Como la de los microplásticos y los nanoplásticos en los océanos, la placenta y el cerebro humano por no llevar una bolsa de plástico al súper o a la tiende tu barrio que luego rellenas de envases de plástico de multinacionales que tienen menos culpa que tú.

El caso es que hay un par de detalles chiquitinos que también se le ha olvidado comentar a Ecobodrio, digo vidrio:

2021: Greenpeace denuncia que la mala gestión de Ecoembes y Ecovidrio cuesta a a los ayuntamientos 1.700 millones. La organización ecologista asegura que la dejación en la gestión que Ecoembes hace de sus envases cuesta a cada ciudadano más de 36 euros al año.

2024: La CNMC se harta del monopolio de Ecoembes y Ecovidrio. El organismo vuelve a señalar a las dos empresas de reciclaje copan el mercado y pide más transparencia y control sobre ellas.

Y, bueno, con eso de desmontar los falsos mitos y las fake news, no han caído en que hay estadísticas en todas partes y cuando dicen que, gracias a su trabajo, España está en la avanzadilla del reciclaje de vidrio en Europa y que somos un ejemplo, no ponen demasiados datos de otros países, seguramente sin maldad, porque no los han encontrao. Les echo una mano con el de hace dos años. Yo creo que tan bien tan bien… no estamos, a lo mejor bastante más mal que bien, cuando solo hay ocho países por detrás nuestra: Grecia, Hungría, Portugal, Chipre, Malta, Croacia, Rumanía y Lituania. Sí, son esos, no es un error.

‘La mujer rey’ y el clan de los machirulos

 

    Hace pocos días vi La mujer rey (Gina Prince-Bythewood, 2022) y no sabéis la pereza que me entra al leer las críticas (hay que llamarlas de algún modo), supuestamente objetivas, basadas tan solo en sus carencias, sus manipulaciones históricas o su falta de verosimilitud, pero que de manera harto recurrente y cargada de ofensa e indefensión incluyen cosillas del tipo «temas tan en boga ahora en Hollywood», «políticamente correcto», «heteropatriarcado», «turra feminista»… Lo más honroso del asunto es que algunos de los filmes que se nombran y salen a colación como contraparte son nada menos que Braveheart, Gladiator o 300; películas que, como todo el mundo sabe, pueden presumir de ser el paradigma de la exactitud histórica y de la ausencia de manipulación, y que, eso sí, muestran una carga de testosterona y de cojones sobre la mesa que parecen no molestar a dicho clan de machirulos. Porque eso es lo normal, lo clásico, lo no contraproducente y se atiene a lo normativo.

     Lo primero que habría que comentar es que, quizá, sería interesante que, cuando alguien se pone delante de la televisión a disfrutar de una película y sus posibilidades de sentir indignación plena porque muestra el empoderamiento racial o sexual, se ponga en antecedentes. A saber: Gina Prince-Bythewood, directora y guionista, mujer racializada que, desde los años 90, solo ha formado parte de películas, sean de ficción o de género documental, donde la protagonista principal es una mujer negra y versan sobre el racismo y el sexismo, tanto en la industria del cine como en la sociedad, enfocando claramente sus guiones en los derechos civiles y la discriminación. ¿Qué esperas? Es como ir al cine a ver una de Spike Lee y te joda que ridiculicen a los hombres blancos. Pues, oye, si lo que te gusta es la testosterona y los cojones sobre la mesa, te hinchas a ver cintas de John Woo, Michael Bay o Simon West y lo flipas. Incluso de la Marvel, tipo Avengers: Infinity War, en la que da igual que muera la mitad de la población mundial y tres cuartas partes de los protas, porque no suelta una lágrima ni el secundario de relleno. Y tan feliz, oye, que eso sí que es súper verosímil y no hay que buscarle las tres patas al gato.

     El caso es que «La mujer rey» peca de todo lo pecable y no la salva de la quema ni Dios misericordioso; aunque sea verdad que existieron las amazonas de Dahomey, que Nanisca fuera probablemente su primera reina, o que priorizaran en el siglo XVIII el comercio de la palma por encima del tráfico de esclavos (aspecto este último que solo se omite, pero no se niega, en la cinta). Porque lo que nos da realmente igual es que William Wallace fuera, en realidad, de origen noble, pero había que poner que era pobre como las ratas; o que a finales del siglo XIII no se usara el kilt en Escocia; ni se pintaran la cara de azul; o que la famosa batalla del puente de Stirling, tan realista ella en la película, se llamaba así, precisamente, en virtud de que existía un puente, estrecho como él solo, y que lo omiten porque, lo mismo, quedaría poco epopéyico filmar que la caballería del ejército inglés solo podía cruzarlo en parejo de dos en dos y el valeroso Wallace, junto con su pléyade de campesinos aguerridos, no tuvo demasiada complicación para masacrar al ejército inglés hasta que el VII Conde de Surrey tuvo a bien batirse en retirada. Todo esto, como las inexactitudes históricas (o invenciones directas en mor de la espectacularidad) de Gladiator, no importan, porque son machotes quienes rodaron, quienes gritaron, quienes dieron las hostias, con vísceras y sangre, y parece ser que, sin exceso de argumentación, en el aspecto técnico, son mucho más espectaculares.

     Amén, majos, y no, no voy a hablar de las virtudes y las limitaciones de la peli de marras, porque lo que me jode es lo que me jode, lo mismo que me jode de los comentarios machirulos sobre Woder Woman, Capitana Marvel, Sangre en los labios o cualquier otra en la que los músculos son de ellas y las hostias las pegan ellas.

     Y otra cosa, que eso también lo omiten en La mujer rey y nadie lo nombra, porque lo mismo sí que tocaría más la fibra (los cojones) al heteropatriarcado y demás hierbas: las amazonas de Dahomey tenían prohibido sentir placer y lo habitual era que, al entrar a formar parte de su ejército, se les practicara la mutilación genital femenina. Otra burrada androcéntrica y falocéntrica.

 

Vergüenza ajena

Estatua en los Jardines de Las Tullerías (París)

Si la vergüenza, ese sano y sapiencial sentimiento humano, no estuviera en horas bajas, lo de la detención de veintidós activistas medioambientales del grupo Futuro Vegetal por pertenencia a organización criminal sería de vergüenza ajena. Sesenta y cinco delitos se les imputan, gravísimos, más que la marea de pellets de plástico en la costa galega, porque estos atentan contra el medio ambiente (que no le importa una mierda a nadie) y aquellos contra cuadros de Goya, que son más eternos que la luz solar (y lo triste, es que casi podemos afirmar que no es una hipérbole).

Objetivamente, los únicos daños culturetas ocasionados a las magnas obras de arte, víctimas de tal terrorismo nacional (tampoco exagero, en septiembre pasado la Fiscalía del Estado tuvo a bien la ocurrencia de incluir en su informe anual a Futuro Vegetal y Extinction Rebellion en el apartado de terrorismo nacional, por más que después tuviera que retractarse medio de mentirijillas), hayan sido contra los cristales que las protegen (se protege más un cuadro que a una familia desahuciada), sus marcos o los muros donde cuelgan. De hecho, Sam y Alba, las dos activistas climáticas que pegaron sus manos a los marcos de las majas de Goya, lo tenían muy claro tras su detención: «decidimos no lanzar nada a las majas porque no tenían cristales y queríamos proteger ese patrimonio». Encima, sensibilidad. ¡Al paredón! Claro, que también han cortado carreteras o entrado en pistas de aeropuertos obligando a detener el tráfico terrestre y aéreo con el consiguiente prejuicio para la sociedad en general y el capitalismo en particular; medio millón de euros en desperfectos han ocasionado. ¡Terrible osadía! Dinero que tendrán que pagar de su bolsillo, por supuesto, no como, por ejemplo, la sanción impuesta por la UE a España de quince milloncetes del ala más 89.000 diarios por no ajustar a tiempo la normativa a la Directiva europea de protección de datos personales. Esa, la pagamos todes les contribuyentes, faltaría más, como los más de setenta y cinco millones en multas desde 1997 por constantes incumplimientos de la normativa; en el pódium estamos: los segundos de toda la Unión. Cuestión de prioridades, como sabe hasta el menos astuto de los seres humanos: en seis años, España facturó 2.000 millones de euros en armas empleadas en la guerra de Yemen, y no pasa nada porque, es evidente, la muerte de miles de civiles en un país que por lo menos el 75% de la población del país no sabe ni señalar en el mapa importan menos que Los girasoles de Van Gogh, aunque, insisto, la tomatada de ese día, se la llevara el vidrio que los protegía.

Resumiendo, vaya, por si se me está yendo la pinza. ¿A quién joden las acciones noviolentas del activismo climático? Al sistema. ¿A quiénes jode la otra parte de la ecuación? A las personas. ¿A quién se castiga y se persigue? A la primera parte de la ecuación, como ha sucedido toda la vida: insumisión al ejército, objeción fiscal, Open Arms… Ya digo, vergüenza ajena.