Acerca de Rafa Poverello

Más allá de la falsedad del nombre, pues no soy pobre ni aunque quisiera en virtud del bagaje socio-cultural del que me es imposible escabullirme, mi espíritu anda de su lado, no porque sean buenos, sino porque se les trata injustamente.

Disipar las tinieblas

darkness by 4nki

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Existe una mentira repetida hasta la saciedad, que suele ser común a los espíritus débiles de carácter y que les sirve de fundamento raíz a una verdad también habitual en ellos. La verdad consiste en que si hay alguna cosa que el ser humano sabe hacer como por instinto, de igual modo que un gato de apenas días busca la tierra donde orinar, es justificar cualquiera de sus barrabasadas, aunque ello suponga de manera más que evidente echar la culpa al chivo expiatorio de turno. La mentira que ayuda a vivir dentro de esa verdad absoluta y sin término es que si al menos no eres capaz de hacer el bien confórmate con no portarte el mal, como si ambas proposiciones no fueran por sí mismas excluyentes en una infinita gama de situaciones comunes. Quien cree que puede mantenerse al margen ante una injusticia es porque mira con idéntico rasero a la víctima y al verdugo.

El caso es que Carmen vive en esa edad intermedia en la que, incluso si no contara con numerosos problemas de salud, el individuo no sirve ni para ser explotado con un contrato en prácticas ni para merecer el privilegio de pensar que se goza de la fortaleza suficiente para plantarle cara a quienes no cumplieron aún los cuarenta. No obstante y para su infortunio, hace ya demasiado tiempo que no ha de consumir excesivas energías en elaborar currículos y llamar de puerta en puerta buscando cualquier empleo miserable, pues el reuma anquilosante que le afecta generosamente a la espalda, la artrosis rabiosa que le ha deformado las manos hasta convertirlas en muñones casi deformes y los miomas que no cejan en su empeño de reproducirse en el útero la han condenado a vivir de la beneficencia o de esas elogiosas ayudas públicas que siempre llegan tarde y mal. Carmen comparte casa con su pareja, también vinculada sin orgullo a esa edad crítica condenada al vituperio de la exclusión laboral y -por tanto.- social, y entre ambos suman la cordial cantidad de cero euros al mes, lo que les lleva a lucir un palmito donde lo único cada vez más notoriamente evidente de su anatomía es la prominencia de sus orejas y de su nariz como suele suceder en quien está a punto de convertirse en cadáver.
     Entre sus muchas faltas de difícil perdón se encuentra la desfachatez de tener una deuda acumulada en un ultramarino -porque es una tienda de las de antes- por valor de unos quinientos euros, pues tanto Carmen como su pareja han tomado la mala costumbre de querer comer a diario a pesar de no contar con ningún ingreso que les facilite tan acuciante empresa. La tendera es una persona generosa, se ha de suponer, que habrá llegado al límite de sus posibilidades reales o ficticias cuando se negó, rotunda y firme, a seguir ampliando la cuenta de débito. El mismo día en el que asomó su rostro de piel despegada e incipiente nariz por la oficina decidimos con determinación y un poco de necesaria inconsciencia quedar con ella esa misma semana y concederle una ayuda de trescientos euros para pagar parte de la deuda contraída y, según juicio de la propia beneficiaria final de los billetes, poder mantener durante algún tiempo la manga ancha en lo concerniente a seguir suministrando productos de primera y vaporosa necesidad.

Volví a verlos por la calle, paseando a un perro tan famélico como ellos, poco más de una semana después. La deflagración fue simple y de fácil aunque indigerible combustión: habían entregado en la tienda los trescientos euros del ala -como si no les hiciera falta quedarse con algo de rescaldo para las vacas flacas de habitual pasto en sus prados-, pero les exigieron ponerse al día y no le fiaban más.

Puestos a suponer, al igual que antes hacíamos, supongamos entonces que la tendera sigue siendo, o al menos ella así debe creerlo, una persona de elata generosidad, pues quien tuvo retuvo, y que en su mente brilla, ausente de ceguedad y como una estrella de inaccesible fulgor, la idea febril de que está exigiendo lo justo sin hacer mal a nadie, porque el daño y aun el dolo jamás ha de existir por el mero hecho de no buscar el bien común. Mas sin ánimo abrupto me vienen a la mente, a imagen de un clarividente flash fotográfico, las palabras del inmortal Hugo: “las faltas de las mujeres, de los hijos, de los criados, de los débiles, de los pobres y de los ignorantes, son las faltas de los maridos, de los padres, de los amos, de los fuertes, de los ricos y de los sabios. […] Si un alma sumida en las tinieblas comete un pecado, el culpado no es en realidad el que peca, sino el que no disipa las tinieblas”.*

* “Los Miserables”, Víctor Hugo.

«El Martín Fierro» (1872-1879)

Martin Fierro by EmaCamU

Martin Fierro by EmaCamU

Nuestros hermanos y hermanas argentinos también tiene su Quijote, y su Cantar de Gesta. Nuestros hermanos y hermanas de allende el océano tienen un héroe inveterado, columna vertebral de la literatura argentina y considerada por muchos una de sus obras cumbre. El autor es el poeta, político y pensador José Hernández, y el héroe por excelencia al que es inviable toserle sin sentirse profundamente afectado es el gaucho Martín Fierro.

Dividida en dos partes de muy diferente argumento y sentido, este épico poema escrito en contundentes y metódicas sextillas pulcras (más allá de algún que otra licencia puntual en virtud de la necesidad) es un canto a la libertad del individuo frente al estado y a la realidad de injusticia a la que debe hacer frente. Evidentemente influida en su desarrollo por el propio proceso socio-político en Argentina y la rebelión jordanista de la que formó parte activa Hernández, autoexiliado en Uruguay por sus vínculos con la revuelta, la primera parte del poema escrita en 1872 y con el nombre de «El gaucho Martín Fierro», también conocida como «La ida»,  es según mi entender notoriamente más lúcida y poderosa en virtud del sentir revolucionario del autor ante la dictadura de Sarmiento a la que no se cansó de hacer frente apoyando a los gauchos. Ya a su regreso a su país natal y formando parte del Gobierno, escribe y publica «La vuelta de Martín Fierro», de similar calidad literaria, pero algo más dispersa en contenido y donde vuelca en su personaje casi mítico su evolución hacia un pensamiento mucho más enraizado y asentado quizá sin la necesidad de retornar a los orígenes, a la naturaleza, al recurso del «buen salvaje», y por ello también menos crítico con la sociedad y el estado.

Las injusticias cometidas contra Fierro son las cometidas contra la humanidad, la lucha sostenida por Fierro la que todos y todas habríamos de sostener con firmeza.

«Nací como nace el peje,
en el fondo de la mar;
naides me puede quitar
aquello que Dios me dio:
lo que al mundo truge yo
del mundo lo he de llevar.


Mi gloria es vivir tan libre
como el pájaro del cielo;
no hago nido en este suelo,
ande hay tanto que sufrir;
y naides me ha de seguir
cuando yo remonto el vuelo.


Yo no tengo en el amor
quien me venga con querella;
como esas aves tan bellas
que saltan de rama en rama;
yo hago en el trébol mi cama
y me cubren las estrellas.


Y sepan cuantos escuchan
de mis penas el relato,
que nunca peleo ni mato
sino por necesidá,
y que a tanta adversidá
solo me arrojó el mal trato».

«Muchos quieren dominarlo (al caballo)
con el rigor y el azote,
y si ven al chafalote
que tiene trazas de malo,
lo embraman en algún palo
hasta que se descogote.


Todos se vuelven pretestos
y güeltas para ensillarlo:
dicen que es por quebrantarlo,
mas compriende cualquier bobo,
que es de miedo del corcovo,
y no quieren confesarlo. 


El animal yeguarizo
(perdónenmé esta alvertencia)
es de mucha conocencia
y tiene mucho sentido;
es animal consentido:
lo cautiva la pacencia. 


Aventaja a los demás
el que estas cosas entienda;
es bueno que el hombre aprienda,
pues hay pocos domadores
y muchos frangolladores
que andan de bozal y rienda».

«El túnel» (1948)

Sabato by Il-Pigro-Massimo

Sabato by Il-Pigro-Massimo

Hay sucesos en la vida de cada uno de nosotros que formarán parte eterna de nuestra materia gris desde el preciso instante en el que tuvieron lugar. Suelen ser aquellas cosas primerizas y poco importa si fueron desastrosas o de indescriptible disfrute, simplemente sucedieron en aquel irrepetible momento, por vez primera y por suerte o por desgracia se hicieron a sí mismas imborrables por encima del propio deseo de que así fuera: el primer beso, la primera vivienda, el primer trabajo, el primer… bueno, el primer coche, por ejemplo.

“El túnel”, del polifacético y controvertido Ernesto Sabato, ha entrado de pleno en esa indescifrable categoría (u Olimpo), de manera particular mientras regurgitaba las seis páginas de las que se compone el capítulo XIX. Es el primer libro con el que a punto he estado de abandonar su lectura gracias al mal trago que estaba pasando. Tan sólo de manera anecdótica pero igualmente intensa pude experimentar una sensación de angustia similar con las desagradables percepciones de Roquentin en “La náusea”, otra obra eminentemente filosófica con la que mucho tiene que ver esta de Sabato. Pero la crueldad deliberada y exquisita -perdón por el vocablo- de Juan Pablo Castel, asesino confeso de María Iribarne, se lleva la palma. Su mente enferma, disruptiva, bipolar y angustiosa conduce a los personajes principales de la trama a una tensión dialéctica de la que es inviable salir airoso en virtud de la recurrente estupidez celotípica y abstracta, de los insanos pensamientos de un ser que cree amarse tanto a sí mismo que en realidad se aborrece. Tan poca justificación es capaz de encontrar en sus actos a pesar de sus esfuerzos a lo largo de la novela que, de forma análoga aunque en sentido inverso a aquella puñalada que Dorian asesta al cuadro que lo ha destruido y que lo libera del mundo, Castel opta por la aniquilación de la obra que considera responsable de su mal, la declara chivo expiatorio y con lágrimas en los ojos le conduce a residir en el túnel del que jamás quiso salir: “sentí que una caverna negra se iba agrandando dentro de mi cuerpo”.

El existencialismo más radical y extremo del autor argentino, tan ausente de esperanza como rebosante de desconfianza en el género humano se puede resumir en una de las primeras impresiones que con fingida sinceridad comparte Juan Pablo con el lector: “que el mundo es horrible es una verdad que no necesita demostración” y el único método que ha ideado la humanidad para sobrevivir a este supuesto dogma es la desmemoria histórica, algo que no consigue ni por asomo Castel, condenado desde la primera línea, sobre todo por sí mismo, al ostracismo y a la incomprensión de los que tanto huye.

La contradicción concienzuda del personaje es de igual forma la punzante e ideológica que persiguió a su creador a lo largo de su existencia. Autodefinido como anarquista, presidente de la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) tras el fin de la dictadura, pero acusado a su vez por otros intelectuales de apoyar a Videla… Imposible es conocer si Sabato fue feliz o si recibió con implacable deseo el abrazo de la muerte, pero agradezcámosle al menos que nos haya donado las sentencias descorazonadas de “El túnel” y su descarnado nihilismo, porque a través de los pensamientos de Castel y su retorcida y sospechosa percepción de la vida (“me elogió los cuadros de tal manera que comprendí que los detestaba”) se llega a discernir con nitidez inaudita aquello que no nos hace mejores.

Curioso como dos personajes diametralmente opuestos en carácter, credo y maneras de relacionarse: Juan Pablo Castel y la desconocida de Zweig, me pueden resultar tan próximos y autodestructivos, y ambos consideran, absurdamente, que aman demasiado como si el amor sin complejos, alguna vez, pudiera ser excesivo.

Como es habitual terminamos con unos fragmentos:

“A veces creo que nada tiene sentido. En un planeta minúsculo, que corre hacia la nada desde millones de años, nacemos en medio de dolores, crecemos, luchamos, nos enfermamos, sufrimos, hacemos sufrir, gritamos, morimos, mueren y otros están naciendo para volver a empezar la comedia inútil.” 

“El suicidio seduce por su facilidad de aniquilación: en un segundo, todo ese absurdo universo se derrumba como un gigantesco simulacro, como si la solidez de sus rascacielos, de sus de sus acorazados, de sus tanques, de sus prisiones no fuera más que una fantasmagoría, sin más solidez que los rascacielos, acorazados, tanques y prisiones de una pesadilla.” 

    “A pesar de todo, el hombre tiene tanto apego a lo que existe, que prefiere finalmente soportar su imperfección y el dolor que causa su fealdad, antes que aniquilar la fantasmagoría con un acto de propia voluntad.”

Matar moscas con el rabo

Devil by nicobou

Devil by nicobou

Dice el castizo refrán con enconado acierto que cuando el diablo no sabe qué hacer con el rabo mata moscas. Es lo que tiene el aburrimiento: imbuidas en él, las mentes lúcidas crean y las débiles destruyen, y ojalá el contexto general al que quisiera referirme con tal afirmación se detuviera en los márgenes de la materia o de aquello susceptible de ser apresado por métodos físicos como el invento de un genio o la violación más infortunada, pero nada más alejado de la realidad. Cuando el ser humano goza de demasiado desahogo le da por preocuparse y convertir en hecatombe sus diarias nimiedades de idéntica manera que un usurero sufre intensos dolores estomacales con la pérdida infinitesimal de una moneda de cobre mientras cuenta ávidamente sus fajos de billetes.

El caso es que Antonia, una mujer afectada de Alzheimer y de eterna sonrisa prendida en los labios, se sentía arrobada -digámoslo con exceso de celo- por simples deseos de sentarse y decidió colmar sus apetencias tomando posesión temporal de la silla del comedor que más a mano estaba y que mejor convenía a sus inmediatos propósitos. Entonces, cuando apenas llevaban sus carnes fofas disfrutando del goce unos minutos, apareció Manolita, de mente nítida a pesar de su avanzada edad, con su cabello pujado, hueco, extendido hacia atrás, el rostro enjuto y vencido de arrugas y la exigencia demagógica que suele ser característica de la clase aburguesada, no pudiente en exceso y nulamente agraciada con la capacidad de ponderación. La causa originaria de su generoso histerismo no podía resultar más estrambótica e innecesaria: le habían quitado el asiento y en las afueras de esta subjetiva realidad, el caos.

Colgar de justificaciones la actitud avasalladora y profundamente impertinente de Manolita no me supone esfuerzo, pues puedo recurrir sin pleonasmos a las manías comunes de la persona mayor, a sus particulares idiosincrasias, pero comprender idéntico comportamiento en su sobrina ya escapa a mis posibilidades. Cuando dio por hecho y por sensato que es función del personal auxiliar velar por el asiento de su tía se me abrieron las carnes en canal. Mudo me quedé, con inmensas ganas de espetarle frente a su gesto displicente la más áspera de las respuestas. Mi cerebro rodó casi sin querer a cualquier jueves nada aburrido en la oficina de Cáritas: Ángeles, con ocho comensales a la mesa sin nada que echarles al buche; Pilar, con depresión exógena y sin un euro para comprar medicamentos; Salud, con menores a cargo y el agua cortada desde antes de ayer; Rafi, casi incapacitada para tomar sanas decisiones, sin tratarse de la enfermedad mental y con el hijo recién mandado a una cárcel en León…

A Mayte, la sobrina de Manolita, posiblemente estas desgracias le parecerán una vaina, porque a su tita del alma le han quitado sin querer un puto sillón, y lo ha hecho una mujer más necesitada de comprensión que ella misma, una anciana aquejada de Alzheimer y que tan sólo deseaba sentarse. Tal vez por eso me hice un nudo tormentoso en la boca, que me partió el alma y me estranguló la lengua pegándomela al paladar, y solo razoné para mis adentros -tras soltarle insulsamente que los sillones no son de nadie- que estamos necesitados de desgracias, de pasarlo mal de verdad y de enconado sufrimiento, para lograr ser menos taimados con nuestros propios disgustos y casi agradecerlos, para no hacer lodo del agua por el simple hecho de que no se nos aparezca como cristalina… Para no matar moscas con el rabo cuando estemos aburridos.

Licencia Creative Commons Matar moscas con el rabo por Rafa Poverello se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://indignadossinparaguas.blogspot.com.es/2014/01/matar-moscas-con-el-rabo.html.