Acerca de Rafa Poverello

Más allá de la falsedad del nombre, pues no soy pobre ni aunque quisiera en virtud del bagaje socio-cultural del que me es imposible escabullirme, mi espíritu anda de su lado, no porque sean buenos, sino porque se les trata injustamente.

«La tierra tiembla» (1948)

Luchino Visconti, 1972

Luchino Visconti, 1972

“Dame tiempo y te haré un agujero”, le dijo el gusano a la piedra.

Esta frase, soltada por un narrador externo tras la primera y fundamental desgracia personal que ha de afrontar el buen y nada egoísta ‘Ntoni sería de una esperanza casi utópica si no fuera empleada minuciosamente por el lúcido director italiano y precursor nato del neorrealismo con su anterior “Ossessione” Luchino Visconti, para hacernos ver con ese metódico golpeo que el rico sólo ha de esperar sentado a la puerta del pobre para que se hagan realidad todas sus ilusiones e injustas causas.

Esta historia, claro paradigma a nivel formal y argumental del movimiento al que se acogieron con muy similar suerte De Sica o Rossellini y que poco a poco abandonaría el propio Visconti, protagonizada por actores no profesionales, con una inmensa y desgarradora fotografía en blanco y negro donde una vez más, como sucede de manera sintomática en el neorrealismo, los paisajes y la ambientación natural alejada de los grandes decorados cobran una dimensión inusitada y no vista ni desarrollada hasta entonces, es una historia de lucha por la justicia de aquel que se embarca en ella por el bien común sin esperar nada a cambio, por muy desolador que pueda parecernos todo el engranaje, exento de hollywoodiense casuística, que rodea al personaje de ‘Ntoni, también paradigma de hacer lo correcto más allá de que en un presente próximo puede suponer un cambio: “algún día se valorará mi esfuerzo”.

Lejos de la nefanda interpretación que hizo Mussolini de la frase ya usada por los socialistas rusos “Andare verso il popolo” -que decidió hacer suya el dictador fascista como símbolo casi obsceno de un populismo conservador y extravagante muy cercano al lema exhibido por el Despotismo Ilustrado de “todo por el pueblo pero sin el pueblo”- lema que con toda intención figura en uno de los muros de la empresa de los explotadores mayoristas, ‘Ntoni es un comunista serio, honrado, y que confía en el cambio y en la justicia para el obrero más allá que en cualquier otro valor supremo. Sobre otro muro, cuando la cosa comienza a complicarse, puede verse de igual forma la hoz y el martillo, evidentemente conocido por la troupe de pescadores que se quejan de todo con una razón infinita, pero que tienen tanta necesidad que con tal de sobrevivir son capaces de oponerse a quien, siendo uno de ellos, lucha por sus derechos.

Inevitable recordar las evidentes semejanzas entre esta cinta y la más tardía e igualmente memorable, aun siendo de estilos opuestos, “La ley del silencio”, de Elia Kazan. Ambas duras, durísimas, por momentos esta de Visconti todavía más en virtud de la ruina, la ropa miserable, la absoluta falta de dignidad hacia el esfuerzo de unos que roban otros… Ante la desolación que parece no darnos la más mínima remisión hacia un futuro más halagüeño. Pero no nos resignemos, Visconti lo sabe y otorga la dicha que supuestamente no existe en el propio título, cuando todo está perdido: “Jesús, dando un grito, entregó el espíritu. Y entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron”. Tras la muerte del pueblo, de la justicia, tras el olvido del bien común, cuando parte de la humanidad yerta descubre la necesidad del único camino cierto por la solidaridad del bien común, surge la resurrección y la vida. La tierra tiembla.

Honradez

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Poverty by DoggyStajl

Se queda un poco detrás, de pie, con los dedos pulgares colgados de las asas de su mochila descolorida y mustia; con su pelo oscuro, largo y lacio vertido sobre sus hombros enclenques y su rostro similar al de un adolescente que se niega a crecer ajado por un acné excesivo que le otorga la apariencia de cráteres selenitas.

– Tiene retraso, igual que la madre, que tiene también un trastorno mental -comenta su tía exenta de delicadeza como si la chica fuera sorda y no le afectara su discurso cáustico-. Viven solas, un desastre; todos los días tengo que venir del Higuerón para darles algo de comer. Pero mi marido se ha quedado en paro y a ver qué hacemos. Tenéis que buscarle una solución.
Mientras observamos la cara de la chica del fondo, cuyo gesto avispado conduce a deducir que no cuenta con tanta inoperancia como transmite la mujer de pelo revuelto y gestos desencajados que se rebulle en la silla, pienso en ese habitual matiz de obligatoriedad que suele venir implícito en la mente de las personas mutiladas por la impotencia.
– ¿Me puede decir el DNI de su hermana Inmaculada, Carmen?
Rebusca en una carpeta de cartón que sujeta entre las manos áridas, saca una fotocopia de un oscuro casi ininteligible y suelta la retahíla de números como un géiser.
– ¿Y el teléfono? Es para ir completando los datos de la ficha.
Piensa, razona moderadamente mostrando en el discursivo divagar su completa ignorancia y se escucha una voz meliflua tras ella, de un metodismo exquisito, proveniente de los labios finos de la chica con retraso, lanzar nueve dígitos con aún mayor celeridad que la ofrecida por la tía que leía el número de carné.
– Se… se los sabe de memoria, fíjate -afirma con evidente afán de justificación.
– Gracias, Inma -que también se llamaba la sobrina-. ¿Habéis ido a las trabajadoras sociales de zona?

Es la penúltima familia que atendemos ese jueves en la oficina y cuando cerramos las cancelas con una fatiga anímica e insalvable , las compañeras de Cáritas a las que asignamos -digamos- a Inma, a su madre y a su tita, se encuentran ese mismo día a la salida. Ya las habían visitado en alguna ocasión y están charlando con ellas mostrando al respetable obvios signos de angustia y desazón ante las palabras de sarnosa digestión que comparte Carmen y de las que me harían inmediatamente indeseado conocedor: su sobrina había sido objeto de abusos desde su más tierna infancia a manos (por ser menos basto) de su hermano que la tenía de querida y fue internada en un centro de protección y discapacidad hasta cumplir sus recién estrenados dieciocho cuando fue devuelta como un paquete postal de inmerecido destino a su des-hogar materno para aceptar sin opción a réplica las ingratas condiciones que le ha tocado vivir. Parece ser que su casa es un caos de falta de higiene y de organización, y tal es así, que las dos compañeras del equipo, ni cortas ni perezosas, le entregan a Inma, hija, en un encuentro excesivamente ágil seis euros para un bocadillo al que hincarle el diente.

A los pocos días quedaron en volver a su casa. Inma las recibió con una amabilidad sólo propia de las personas que nada tienen que ocultar; tenía un tupper que la habían prestado las compañeras metido en una bolsa y lo sostenía con la punta de los dedos. En su interior podían apreciarse sonidos metálicos. Cuando se lo entregó y lo abrieron se encontraron dos moneditas titilantes de idéntico valor: dos euros. La vuelta del bocadillo.

Cuando le pido a un político, a cualquier mandamás, al más obtuso de los dirigentes que sea honrado, que tenga dignidad es a esto a lo que me refiero, al valor de hacer lo correcto. Y cuando me arrogo el derecho insensato de llamar retrasado al mismo político, mandamás de turno u obtuso dirigente en el caso más que probable de no considerar mi propuesta acerca de la dignidad y del deber no es a él a quien ofendo sino a Inma, y le pido perdón, porque una única célula de su dignidad ahoga por completo la actitud entera, que no íntegra, de quien teniendo todas las posibilidades y falta de carencias para ser justo se pasa la honradez por el forro de los huevos.

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«Cuentos completos»

Philip K. Dick

Philip K. Dick

Cuando hace meses terminé de leer la última letra contenida en el segundo tomo de “Cuentos Completos” de K. Dick muchos de mis mitos se destruyeron como si una piedra desprendida de la nada hubiese golpeado de nuevo a un ídolo babilónico con pies de barro. Lo que acaba de leer no podía ser tan bueno argumentalmente y mucho menos estar escrito en 1950. Como soy un neófito con escasa fe en mí mismo en lo referente a la literatura de ciencia-ficción contemporánea, exceptuando algunas distopias paradigmáticas como “1984” de Orwell, “Un mundo feliz” de Huxley o «Nosotros» de Zamiatin, mi escaso bagaje se basaba en Welles y Verne (poco contemporáneos, digamos) o la novela gráfica, decidí sacarme de mi error recurriendo de manera metódica a los clásicos de siempre y tragándome sistemáticamente primero el tochaco de 800 páginas “Cuentos Completos I” de Asimov y casi sin respiro las “Crónicas marcianas” de Bradbury, y del que sólo conocía de letra, dibujo e imagen su archiconocida “Fahrenheit 451”. Pues fíjate tú, no es que fuera bueno Dick es que era mejor; tanto, que sus paranoias futuristas resultaron tan avanzadas para la época que hasta el fin de sus días estuvo sumido en constantes problemas económicos, ignorado por el gran público y viendo sus obras publicadas en editoriales de mala muerte a pesar de gozar con el respaldo y el reconocimiento de la crítica.

No obstante, se me hace necesario contener la subjetiva emoción, matizar e ir por partes. Primer dato fundamental y pragmático: Philip K. Dick no es un gran escritor, en el sentido estricto de la palabra, aquel que hace referencia a la persona que escribe bien y usa con proverbial lucidez todos los recursos estilísticos y literarios que le otorga el lenguaje; quien busque eso que lea a Bradbury, sin duda, con el que estoy patidifuso paladeando su retórica. Tampoco es un científico, un buscador de verdades, un estudioso… alguien con el fin de resolver la cuadratura del círculo sin flecos ni cabos sueltos; quien busque eso que recurra a Asimov, algunos de sus relatos (Anochecer, Todos los males del mundo, el lirismo excelso de La última pregunta…) son de una redondez científica y metafísica que asustan.

K. Dick no es ni un excelente escritor ni un científico estudioso concienzudo, sino un loco con sueños estrambóticos, un visionario falto de sensatez y de coherencia, ya lo sabemos, pero honestamente, me la trae la pairo. Sólo puedo decir que en estos tres últimos puñeteros meses no he logrado encontrar una sola película de ciencia-ficción que no se base en una obra de este esquizofrénico (Blade Runner, Minority Report, Destino Oculto, Next, Desafío Total…) o cuyo presupuesto principal no parta de ideas ya avanzadas en alguno de sus relatos (Terminator/La segunda variedad, Matrix/El mundo que ella deseaba, Gattaca/Progenie, Aliens/Cazadores cósmicos…). Pude decirse sin ser demasiado puntilloso que incluso obras consideradas de culto son posteriores y apuntan detalles ya contenidos en algunos de los cuentos de K. Dick: “Soy leyenda” (R. Matheson), “La invasión de los ladrones de cuerpos” (J. Finney) o el “Solaris” de Lem, aunque este último quizá algo más cercano argumentalmente a los relatos metafísicos y cuasi teológicos de Asimov.

La gente que sabe de verdad de esto de la literatura acusa a K. Dick de deslavazado, de perdido, de discontinuo y de no lograr rematar la faena, de manera esencial en sus novelas -los relatos no son tan frágiles a estas concretas debilidades-; pues pocas veces me he sentido tan dichoso de no tener ni pajolera idea de algo, porque lo que busco me lo ofrece este loco con creces: su pasión me invade, me gana y hasta me destruye, me convierte en sí mismo, un esquizofrénico paranoide que cree que todas sus historias inventadas e imposibles son reales y hasta más de presente inmediato que de futuro remoto. K. Dick es tan imperfecto como los mundos que imagina, mas lo repito, como un impostor de mí mismo: me la trae al pairo, y en un presente también más inmediato que remoto ‘perderé el tiempo’ con “Ubik”.

El primer pensamiento que tuvo Anderton al ver al joven fue: «Me estoy poniendo calvo, gordo y viejo». Pero no lo expresó en voz alta. En su lugar, echó el sillón hacia atrás, se incorporó y salió resueltamente al encuentro del recién llegado extendiendo rápidamente la mano en una cordial bienvenida. Sonriendo con forzada amabilidad, estrechó la mano del joven.
—¿Señor Witwer?— dijo, tratando de que sus palabras sonaran en el tono más amistoso posible.
—Así es— repuso el recién llegado—. Pero mi nombre es Ed para usted, por supuesto. Es decir, si usted comparte mi disgusto por las formalidades innecesarias.
La mirada de su rubio semblante, lleno de confianza en sí mismo, mostraba que la cuestión debería quedar así definitivamente resuelta. Serían Ed y John: todo iría sobre ruedas con aquella cooperación mutua desde el mismo principio.
— ¿Tuvo usted dificultad en hallar el edificio? — preguntó a renglón seguido Anderton, con cierta reserva, ignorando el cordial comienzo de su conversación instantes atrás. Buen Dios, tenía que asirse a algo. Se sintió lleno de temor y comenzó a sudar.
Witwer había comenzado a moverse por la habitación como si ya todo le perteneciese, como midiendo mentalmente su tamaño. ¿No podría haber esperado un par de días como lapso de tiempo decente para aquello?
—Ah, ninguna dificultad—repuso Witwer, con las manos en los bolsillos. Con vivacidad, se puso a examinar los voluminosos archivos que se alineaban en la pared —. No vengo a su agencia a ciegas, querido amigo, ya comprenderá. Tengo un buen puñado de ideas de la forma en que se desenvuelve el Precrimen.
Todavía un poco nervioso, Anderton encendió su pipa.
—¿Y cómo funciona? Me gustaría conocer su opinión.
—No mal del todo—repuso Witwer—. De hecho, muy bien.
Anderton se le quedó mirando.
—¿Esa es su opinión particular?
—Privada y pública. El Senado está satisfecho con su trabajo. En realidad, está entusiasmado.—Y añadió — Con el entusiasmo con que puede estarlo un anciano.
Anderton sintió un desasosiego interior, que supo mantener controlado, permaneciendo impasible. Le costó, no obstante, un gran esfuerzo. Se preguntaba qué era realmente lo que Witwer pensaba, lo que se encerraba en aquella cabeza. El joven tenía unos azules y brillantes ojos… turbadoramente inteligentes. Witwer no era ningún tonto. Y sin la menor duda, debería estar dotado de una gran dosis de ambición.
—Según tengo entendido—dijo Anderton—usted será mi ayudante hasta que me retire.
—Así lo tengo entendido yo también—replicó el otro, sin la menor vacilación.
—Lo que puede ser este año, el próximo… o dentro de diez.—La pipa tembló en las manos de Anderton—. No tengo prisa por retirarme ni estoy bajo presión alguna en tal sentido. Yo fundé el Precrimen y puedo permanecer aquí tanto tiempo como lo desee. Es una decisión puramente mía.
Witwer aprobó con un gesto de la cabeza, con una expresión absolutamente normal.
— Naturalmente.
Con cierto esfuerzo Anderton habló con el tono de la voz algo más frío.
—Yo deseo solamente que las cosas discurran correctamente.
—Desde el principio—convino Witwer—. Usted es el Jefe. Lo que usted ordene, eso se hará.—Y con la mayor evidencia de sinceridad, preguntó—: ¿Tendría la bondad de mostrarme la organización? Me gustaría familiarizarme con la rutina general, tan pronto como sea posible.
Conforme iban caminando entre las oficinas y despachos alumbrados por una luz amarillenta, Anderton dijo:
—Le supongo conocedor de la teoría del Precrimen, por supuesto. Presumo que es algo que debe darse por descontado.
— Conozco la información que es pública —repuso Witwer—. Con la ayuda de sus mutantes premonitores, usted ha abolido con éxito el sistema punitivo post-criminal de cárceles y multas. Y como todos sabemos, el castigo nunca fue disuasorio, ni pudo proporcionar mucho consuelo a cualquier víctima ya muerta.
Ya habían llegado hasta el ascensor y mientras descendían hasta niveles inferiores, Anderton dijo:
—Tendrá usted ya una idea de la disminución del porcentaje de criminalidad con la metodología del Precrimen. Lo tomamos de individuos que aún no han vulnerado la Ley.
—Pero que seguramente lo habrían hecho—repuso Witwer convencido.
—Felizmente no lo hicieron… porque les detuvimos antes de que pudieran cometer cualquier acto de violencia. Así, la comisión del crimen por sí mismo es absolutamente una cuestión metafísica. Nosotros afirmamos que son culpables. Y ellos, a su vez, afirman constantemente que son inocentes. Y en cierto sentido, son inocentes.
El ascensor se detuvo y salieron nuevamente hacía otro corredor alumbrado con igual luz amarillenta.(…)

«El árbol de la vida» (2011)

Terrence Malick 2011, by watercoloralcaffe

Terrence Malick 2011, by watercoloralcaffe

Disfruté como un niño chico; como cuando tras años de infancia vuelves a montar en la noria y descubres de repente ese hormigueo en el estómago que ya habías olvidado y ni recordabas que existía.

Cuando ya había casi perdido definitivamente la esperanza en el actual (y no tanto) cine made in USA, aparece Malick, una vez más -como ya hiciera desde su inicial y rompedora «Malas tierras» o su original visión sobre la destrucción vital que ocasiona la guerra en «La delgada línea roja»-, salvando los muebles, porque «El árbol de la Vida», visualmente es perfecta, poderosa, un contrapunto al arte perdido y por fin de nuevo hallado, ese arte en el que «casi» nada es superfluo aunque parezca tan claro que divague.

Según el relato del Génesis, el árbol de la vida simboliza la vida eterna y, de algún modo, es el alterego del árbol de la ciencia del bien y del mal del que decidieron comer Adán y Eva siendo por ello expulsados del paraíso. Malick habla en el film a manos llenas del pecado, del mal, de la fe… de lo divino (espíritu) como extraña contrapartida a la natura (¿carne?), algo que no del todo comparto y que tal vez tampoco lo haga a pie juntillas el propio director con esa escena casi final tan aparentemente simple como la de los girasoles, parte evidente de la naturaleza, de tan habitual y generosa presencia en la obra de Malick pero que, de alguna manera, dirigen su rostro casi involuntariamente a un sol que está siempre por encima de ellos mismos. El agua, claro signo de purificación y conversión, es una constante presencia escena sí escena no, porque, en gran medida, de la purificación trata «El Árbol de la Vida», de lo que hacemos y no desearíamos hacer, de una creación que nos supera por lo poco que somos, pero que nos otorga la oportunidad de ser y dar vida.

No soy de los que piensa que Malick sea un director pagado de sí mismo, aunque reconozco que en algunos momentos de la película se le va la pinza, aunque no tanta como en su posterior «To the Wonder», y la hace víctima de sus propios excesos, como en su momento lo hicieron Bergman o Tarkovsky -de manera más fina, eso sí-, o mucho más recientemente Reygadas con su «Luz Silenciosa» o Haneke en «La Cinta Blanca» -cintas con las que mucho comparte ésta que nos ocupa-, pero hasta la saciedad repetiré, hasta que me duela la boca, que disfrutar de nuevo con el hormigueo del estómago merece la pena una subida en la noria por mucho que maree.

Eso sí, el consuelo que no se ha de buscar en Reygadas o Haneke y aún menos en los geniales Bergman y Tarkovsky, pues no es lo que pretenden, ha de hallarse aquí -digamos que, afortunadamente-, en la maravillosa figura de Jessica Chastain, que otorga cordura con su ausencia programada, con sus cuatro frases buen dichas… Con su fe, su purificación, su credo.

https://www.youtube.com/watch?v=gFEuLx9OIvY