Decía el orador abolicionista, y por supuesto negro, Frederick Douglass allá por el siglo XIX que «la felicidad del hombre blanco no se puede comprar por la miseria del hombre negro». No se puede comprar nada, menos la felicidad, a base de injusticias, porque ni un perro aguanta patadas de manera indefinida.
De esto va el blues del chico Jimmie Blacksmith: de tratar a los aborígenes como perros desde antes de que abran sus ojos y luego juzgarlos y condenarlos por las decisiones que han tomado. Y seguramente por eso, esta terrible y necesaria cinta australiana de 1978, fue un fracaso de taquilla en el país oceánico, porque no trata de racismo, que todavía se sigue vendiendo la mar de bien («Paseando a Miss Daisy», «The Blind Side», «Green Book»), sino de discriminación e injusticia social, que todavía sigue vendiendo bastante mal, como sabe de primera mano, por ejemplo, Spike Lee desde sus inicios («Haz lo que debas») hasta el día de hoy («Infiltrado en el KKKlan»). Y seguramente, también por eso, el filme fue confiscado y clausurado en Reino Unido en virtud de un acta de obscenidad de 1959 gracias a las críticas recibidas por parte de asociaciones religiosas y de prensa en la época del tristemente célebre video nasty.
La película «The chant of Jimmie Backsmith» está basada en la novela homónima de Thomas Keneallym (escritor más reconocido por ser el autor de «El arca de Schindler»), que a su vez toma como base la historia real del aborigen australiano Jimmie Governor, del que poco voy a decir más allá de la soberana y tremebunda explotación a la que fue sometido desde su más tierna infancia, no vaya a destripar sin querer parte de la crueldad de la historia.
A pesar de haber sido nominado a la Palma de Oro en 1978, tan asqueado quedó Fred Schepisi, director del filme, con el recibimiento del público australiano, que cogió las maletas, marchó a Hollywood y se puso a hacer sandeces de esas que le gustan a la gente porque son tan estúpidas como entretenidas: «La casa Rusia», «Roxanne»… regresando a su país natal, afortunadamente, entre medio de tanta vaina, para rodar otra película basada en hechos reales que sería nominada a numerosos premios europeos y hollywoodienses llamada «Un grito en la oscuridad».
Si estáis deseando ver una película desagradable y que os va a dejar mal cuerpo, esta es vuestra más digna oportunidad; si por el contrario queréis recibir palmaditas en la espalda seguid con los premios Oscar y el amor incondicional entre blancos y negros.
Si existe algo que me defina en el plano de los odios y de las fobias es mi firme creencia en que las cofradías, las hermandades y las mastodónticas procesiones semanasanteras suelen andar bastante más cerca del Diablo que de Dios; y el menda lerenda viviendo en Córdoba: «no quieres caldo, pues toma dos tazas». De hecho, me pasé más de ocho años en un piso situado a cien metros de la Carrera Oficial; desde el lunes al viernes santo, para que algún buen cristiano me permitiera atravesar la calle y llegar al portal sin recibir una tanda de insultos, casi tenía que llamar a la Benemérita. He de reconocer que la mayor molestia, a nivel particular, ni siquiera consistía en que tardara en llegar a mi domicilio más que un caracol en subir al K2, sino en que cualquier insensato pensara que mi pretensión era colarme y ponerme en primera línea de playa para apreciar a la Virgen Santísima y a su cohorte de encapuchados tipo KKK en todos sus misterios dolorosos con mayor enjundia. De haberlo sabido entonces, hasta me hubiera cortado el brazo izquierdo (tampoco hay que exagerar, que soy diestro) por quedarme en aquel estatus de morretas de primera fila con tal de no tener que pasar por el sofoco y la degradación del viernes pasado.
Nuestra relación con el capitalismo es igual al síndrome de Estocolmo: te esclaviza, te somete, hace lo imposible para que no huyas, para tenerte bajo su control… pero al final acabas pensando que es lo que hay, que al fin y al cabo es el que te da de comer y de beber, y terminas, no sólo por enamorarte de él, sino incluso por defenderle y no querer escapar ni cuando ya tendrías la oportunidad.