Harta de ser pobre

    El sol del verano en Córdoba sería capaz de derretir un templo de mármol. Tal es así y tan mantenida su intensidad a lo largo del día que uno solo encuentra algo de descanso a partir de las siete de la mañana, cuando es la hora de levantarse. Descansar con una temperatura superior a los 25º es más complicado que entender la teoría de cuerdas. Si en casa no dispones de aire acondicionado y un ventilador de saldo es la mejor opción para paliar las invectivas acres del astro rey, la cosa no podía ser más cruda. La suerte es que mi piso de alquiler es de esos que hacen esquina y permite corrientes de aire, no huracanadas ni tan siquiera capaces de despeinar ligeramente a Chewbacca, pero la suficiente brisa fresca para que puedas pegar ojo si descuelgas el colchón del somier hasta el suelo.

    Mis gatos, cubiertitos de pelo de cabo a rabo, también pasan lo suyo, pero tan acostumbrados están a ser tercos en ofertar cariño que da igual que sea invierno, verano o temporada de sauna, se suben a la cama con la más absoluta displicencia y pegados a las piernas o subidos encima del tronco comparten generosamente su calor corporal como su fuera un aspecto de lo más agradable para los seres humanos. Y dicha costumbre (manía queda bastante peor) hay que mantenerla salga el sol por donde salga, nunca mejor dicho; así que, aunque el colchón esté en el suelo, Igor y Leo se siguen subiendo a la cama, al somier, porque es costumbre y método, y da igual que tengan que hacer ejercicios de malabares con sus patitas como expertos funámbulos para no darse un trompicón entre las láminas de madera y acabar panza arriba encima de las losetas del dormitorio. Allí que van, sorteando obstáculos hasta que se tumban encima de las láminas en una posición casi de contorsionismo. Continue reading

«Los Hermanos Negros» (2007)

     Hasta finales del siglo XIX, niños de doce y trece años en situación de pobreza o vulnerabilidad, eran comprados a sus familiares por hombres con escasos escrúpulos para que trabajaran en Milán como deshollinadores. Las chimeneas son estrechas y qué mejor obrero que aquel que puede introducirse en ellas sin la menor dificultad. Huelga decir que el índice de supervivencia de estos infantes era escaso tras varios años ejerciendo esta miserable labor sin medidas de seguridad y rodeados de humo, cenizas y hollín.

     Con tamaña introducción, difícilmente puede entenderse que «Los Hermanos Negros», una novela corta, publicada en dos volúmenes en la Alemania de la II Guerra Mundial, y que trata sobre esta desagradable verdad sea considerada un clásico de la literatura infantil y juvenil en dicho país. Más curioso si cabe es que, la vil injusticia a la que son sometidos los pequeños protagonistas del relato, también existiera antes de la publicación de la obra. Escrita a dos manos por la cuentista alemana Lisa Tetzner y por su marido Kurt Held, aparte de la censura inicial que tuvo que sortear al ser considerada por el régimen nazi como una posible representación del nacionalsocialismo, se prohibió que el señor Held figurara como autor al ser judío.

     Sesenta y cinco años después de su publicación, el artista suizo Hannes Binder, quien ya había ilustrado otros relatos, convierte la novela de Tetzner y Held en una maravillosa novela gráfica (no al uso, al mantener párrafos de texto completos) gracias a sus exquisitas imágenes a plumilla que parecen sacadas de fotografías de época y no podrían acompañar mejor el sentido de esta historia tan dura como necesaria.

«Tire Dié» (1960)

Fernando Birri en el XXIII Festival Internacional de Cine en Guadalajara

     Hace poco más de un año falleció en Roma, sin aspavientos por parte de la prensa generalista, el cineasta argentino Fernando Birri. Reconocido como padre del nuevo cine latinoamericano su influencia en el cine social documental es reconocida en el mundo del celuloide. Fundador de varios institutos cinematográficos, su trayectoria no pasó desapercibida para el Festival Internacional de Cine de Innsbruck, que le concedió en 2010 un premio honorífico.

    «Tire dié» fue su primera película, rodada sin apenas medios, con la ayuda de diferentes alumnos y alumnas de la escuela de cine, pero con un resultado que, a todas luces, ya preconizaba por dónde iría a discurrir el resto de su obra. El documental, cuyo título es un homónimo de la frase tire diez (tire diez centavos), nos muestra con tanta naturalidad como crudeza, la vida de los niños pobres de las afueras de Santa Fe, Argentina, que corren en paralelo a los trenes de cercanías pidiendo a los viajeros algunas monedas.

Oportunidades

no education by dumbpuppet

     Alba tiene diez años, la piel blanca como la leche y una risa de grandes paletas tremendamente escandalosa. Tiene dos hermanas más pequeñas que ella y a las tres les cuesta la misma vida ir al colegio; no es falta de motivación, ni desgana, pero su mamá trabaja hasta muy de madrugada en un bar para sacar los únicos y escasos ingresos familiares y, habida cuenta de que la pareja muestra tanto interés en la educación como una oruga en la descomposición del átomo, es ella, con sus diez añitos, quien, de buena mañana, tiene que despertarse, llamar a sus hermanas, preparar algo de desayuno caliente y poner la mejor de sus sonrisas de grandes paletas para evitar que pinten bastos en la escuela y la educadora retome la matraca de que, como sigan faltando a clase, van a retirarle la custodia.

     Luego están los chicos y chicas voluntarios del colegio de Las Esclavas que se distribuyen equitativamente para acudir a la sala de lectura alrededor de hora y media una tarde a la semana para echar una mano con las sumas, las restas, la a y la e a niñas como Alba que apenas tienen un sitio tranquilo en casa para realizar las tareas o nadie que pueda sacarles del embrollo de verse en la santa obligación de resolver una división. Estos adolescentes de Las Esclavas no tienen que faltar a clase cuando, según la dirección del centro, puede que se encuentren algo agobiados –y parece ser que, en estos tiempos peculiares de importancia elata a la competencia y a las buenas calificaciones, es una decisión bastante común en bachillerato–: sencillamente, durante la época de exámenes globales suspenden las clases y, ale, a entregarse con plena conciencia y dedicación a ser los mejores del instituto. Es tal el estrés que deben de sostener los pobres que, en ese período, tampoco acuden a la sala de lectura en su solidaria hora y media semanal.

      Alba se sigue levantando esa semana a las seis y pico de la mañana para que no le retiren la custodia a su madre, faltaría más.

      Lo mismo podría referir algo más, pero me siento tan triste que no encuentro palabras. Todos somos iguales. Lección de justicia.