Pauperofobia

A las PERSONAS subsaharianas que desean vivir en dignidad
Pauperofobia, por Rafa Poverello

Pauperofobia, por Rafa Poverello

Parafraseando a nuestro taimado Ministro de Interior Fernández Díaz criticar a la casta Europa de xenófoba es, no solamente injusto, sino inmoral. Que se lo digan a los aficionados al fútbol, que sólo imitan al mono desde las gradas cuando tocan el balón los negros del club contrario de turno, pero no los del suyo, y, como es natural y en un excelente ejercicio de autoprotección, exclusivamente cuando se juega en casa.

Todos lo sabemos, el mundo lo sabe: es que hay negratas y personas de color, aunque el color ese sea también bruno como las ciruelas. ¿O es que alguien se imagina a la guardia civil o a un grupo de skins lanzando pelotas de goma o mandobles con bates de béisbol a Seydou Keita cuando salta al césped del Mestalla o a Mahamadou Diarra cuando hace lo propio en el estadio Spyros Louis del Panathinaikos griego? Y malíes son ambos, como buena parte de los doscientos subsaharianos que intentaron saltar la valla de la frontera de Ceuta hace unas semanas. Es cierto que parezco obviar una cuestión fundamental so pena de parecer demagógicos algunos de mis argumentos , y es que los futbolistas a los que hacíamos referencia tienen sus papeles en regla. Pero, ¿por qué los tienen en regla? Curiosamente existe una excepción a la hora de otorgar el permiso de residencia a un extranjero que no haya nacido en la Unión Europea. Voalá, esa excepción se llama contrato de un club, que directamente y sin más parafernalias, concede como por encanto tal autorización negada al resto de compatriotas. Pero aún es mejor, tras el polémico caso Bosman que sentó jurisprudencia respecto al número de jugadores extracomunitarios que podían militar en un club europeo, en el año 2000 llegó el Acuerdo de Cotonou, firmado por la Unión Europea y setenta y ocho países de África, Caribe y Pacífico, y que provocó que jugadores de estas regiones no fueran contabilizados como extracomunitarios. Así, de nuevo por arte de birlibirloque, el nombrado exjugador del Real Madrid Diarra nunca ocupó una plaza de extranjero. Aunque pareciera difícil que la cosa pudiera ponerse aún más al servicio de la pérfida Europa, existen los triples saltos mortales que allanan el camino a cáusticos intereses: ¿qué es lo más rápido? Lograr el pasaporte a través de una carta de naturaleza, concedida gracias a un real decreto. Si bien, obviamente, esta vía es prácticamente inalcanzable para un trabajador normal, es una alternativa abierta a altos directivos de grandes compañías o a deportistas de élite, gracias a su prestigio o a la influencia de las federaciones a las que pertenecen. Ése fue el caso, por ejemplo, del jugador de baloncesto congoleño Serge Ibaka. Por supuesto, huelga decir que al resto de negratas subsaharianos les está impedida la entrada incluso contando con permiso de trabajo.
     A riesgo de ser considerado un cruel Cicerón partidario del efecto llamada, no puedo caer en la abstrusa argumentación del beneficio económico que estos grandes atletas suponen para este nuestro gran país y que todo ello facilita la aplicación de leyes especiales que los hagan distintos del resto de mortales en similar situación, como si habláramos de manera esta vez sí demagógica de discriminación positiva. Como bien sabemos, los clubes de fútbol no sólo están dirigidos por seres particulares, la mayor parte de ellos empresarios, sino que además han recibido ayuda estatal para diferir el pago de impuestos y se les ha perdonado, al menos por el momento, una deuda con la Hacienda Pública que asciende a 3.600 millones de euros. No entiendo muy bien en qué beneficia esto a la ciudadanía, a decir verdad. Antes al contrario, razono para mis afueras que más perjudicial resulta el fichaje de un jugador por 14 millones de euros -lo que costó en su día el traspaso de Keita del Sevilla C.F. al Barça de Guardiola, y con cuyo sueldo, todo sea dicho en especial mención para quienes opinan que estos salteadores de caminos nos quitan el curro, se podría haber contratado a mogollón de futbolistas autóctonos-, que permitir el acceso a 200 o 2.000 subsaharianos que lo único que piden, también por el momento, es un plato de comida.

En fin, que es inmoral y notoriamente injusto, catalogar a los estados de la Unión Europea de racistas, faltaría más. La pérfida Europa padece de pauperofobia, de miedo al pobre, al negrata, porque Eto’o, sin ir más lejos, siempre tendrá un lugar de privilegio en nuestros corazones blancos e impolutos.

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Honradez

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Poverty by DoggyStajl

Se queda un poco detrás, de pie, con los dedos pulgares colgados de las asas de su mochila descolorida y mustia; con su pelo oscuro, largo y lacio vertido sobre sus hombros enclenques y su rostro similar al de un adolescente que se niega a crecer ajado por un acné excesivo que le otorga la apariencia de cráteres selenitas.

– Tiene retraso, igual que la madre, que tiene también un trastorno mental -comenta su tía exenta de delicadeza como si la chica fuera sorda y no le afectara su discurso cáustico-. Viven solas, un desastre; todos los días tengo que venir del Higuerón para darles algo de comer. Pero mi marido se ha quedado en paro y a ver qué hacemos. Tenéis que buscarle una solución.
Mientras observamos la cara de la chica del fondo, cuyo gesto avispado conduce a deducir que no cuenta con tanta inoperancia como transmite la mujer de pelo revuelto y gestos desencajados que se rebulle en la silla, pienso en ese habitual matiz de obligatoriedad que suele venir implícito en la mente de las personas mutiladas por la impotencia.
– ¿Me puede decir el DNI de su hermana Inmaculada, Carmen?
Rebusca en una carpeta de cartón que sujeta entre las manos áridas, saca una fotocopia de un oscuro casi ininteligible y suelta la retahíla de números como un géiser.
– ¿Y el teléfono? Es para ir completando los datos de la ficha.
Piensa, razona moderadamente mostrando en el discursivo divagar su completa ignorancia y se escucha una voz meliflua tras ella, de un metodismo exquisito, proveniente de los labios finos de la chica con retraso, lanzar nueve dígitos con aún mayor celeridad que la ofrecida por la tía que leía el número de carné.
– Se… se los sabe de memoria, fíjate -afirma con evidente afán de justificación.
– Gracias, Inma -que también se llamaba la sobrina-. ¿Habéis ido a las trabajadoras sociales de zona?

Es la penúltima familia que atendemos ese jueves en la oficina y cuando cerramos las cancelas con una fatiga anímica e insalvable , las compañeras de Cáritas a las que asignamos -digamos- a Inma, a su madre y a su tita, se encuentran ese mismo día a la salida. Ya las habían visitado en alguna ocasión y están charlando con ellas mostrando al respetable obvios signos de angustia y desazón ante las palabras de sarnosa digestión que comparte Carmen y de las que me harían inmediatamente indeseado conocedor: su sobrina había sido objeto de abusos desde su más tierna infancia a manos (por ser menos basto) de su hermano que la tenía de querida y fue internada en un centro de protección y discapacidad hasta cumplir sus recién estrenados dieciocho cuando fue devuelta como un paquete postal de inmerecido destino a su des-hogar materno para aceptar sin opción a réplica las ingratas condiciones que le ha tocado vivir. Parece ser que su casa es un caos de falta de higiene y de organización, y tal es así, que las dos compañeras del equipo, ni cortas ni perezosas, le entregan a Inma, hija, en un encuentro excesivamente ágil seis euros para un bocadillo al que hincarle el diente.

A los pocos días quedaron en volver a su casa. Inma las recibió con una amabilidad sólo propia de las personas que nada tienen que ocultar; tenía un tupper que la habían prestado las compañeras metido en una bolsa y lo sostenía con la punta de los dedos. En su interior podían apreciarse sonidos metálicos. Cuando se lo entregó y lo abrieron se encontraron dos moneditas titilantes de idéntico valor: dos euros. La vuelta del bocadillo.

Cuando le pido a un político, a cualquier mandamás, al más obtuso de los dirigentes que sea honrado, que tenga dignidad es a esto a lo que me refiero, al valor de hacer lo correcto. Y cuando me arrogo el derecho insensato de llamar retrasado al mismo político, mandamás de turno u obtuso dirigente en el caso más que probable de no considerar mi propuesta acerca de la dignidad y del deber no es a él a quien ofendo sino a Inma, y le pido perdón, porque una única célula de su dignidad ahoga por completo la actitud entera, que no íntegra, de quien teniendo todas las posibilidades y falta de carencias para ser justo se pasa la honradez por el forro de los huevos.

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Disipar las tinieblas

darkness by 4nki

darkness by 4nki

Existe una mentira repetida hasta la saciedad, que suele ser común a los espíritus débiles de carácter y que les sirve de fundamento raíz a una verdad también habitual en ellos. La verdad consiste en que si hay alguna cosa que el ser humano sabe hacer como por instinto, de igual modo que un gato de apenas días busca la tierra donde orinar, es justificar cualquiera de sus barrabasadas, aunque ello suponga de manera más que evidente echar la culpa al chivo expiatorio de turno. La mentira que ayuda a vivir dentro de esa verdad absoluta y sin término es que si al menos no eres capaz de hacer el bien confórmate con no portarte el mal, como si ambas proposiciones no fueran por sí mismas excluyentes en una infinita gama de situaciones comunes. Quien cree que puede mantenerse al margen ante una injusticia es porque mira con idéntico rasero a la víctima y al verdugo.

El caso es que Carmen vive en esa edad intermedia en la que, incluso si no contara con numerosos problemas de salud, el individuo no sirve ni para ser explotado con un contrato en prácticas ni para merecer el privilegio de pensar que se goza de la fortaleza suficiente para plantarle cara a quienes no cumplieron aún los cuarenta. No obstante y para su infortunio, hace ya demasiado tiempo que no ha de consumir excesivas energías en elaborar currículos y llamar de puerta en puerta buscando cualquier empleo miserable, pues el reuma anquilosante que le afecta generosamente a la espalda, la artrosis rabiosa que le ha deformado las manos hasta convertirlas en muñones casi deformes y los miomas que no cejan en su empeño de reproducirse en el útero la han condenado a vivir de la beneficencia o de esas elogiosas ayudas públicas que siempre llegan tarde y mal. Carmen comparte casa con su pareja, también vinculada sin orgullo a esa edad crítica condenada al vituperio de la exclusión laboral y -por tanto.- social, y entre ambos suman la cordial cantidad de cero euros al mes, lo que les lleva a lucir un palmito donde lo único cada vez más notoriamente evidente de su anatomía es la prominencia de sus orejas y de su nariz como suele suceder en quien está a punto de convertirse en cadáver.
     Entre sus muchas faltas de difícil perdón se encuentra la desfachatez de tener una deuda acumulada en un ultramarino -porque es una tienda de las de antes- por valor de unos quinientos euros, pues tanto Carmen como su pareja han tomado la mala costumbre de querer comer a diario a pesar de no contar con ningún ingreso que les facilite tan acuciante empresa. La tendera es una persona generosa, se ha de suponer, que habrá llegado al límite de sus posibilidades reales o ficticias cuando se negó, rotunda y firme, a seguir ampliando la cuenta de débito. El mismo día en el que asomó su rostro de piel despegada e incipiente nariz por la oficina decidimos con determinación y un poco de necesaria inconsciencia quedar con ella esa misma semana y concederle una ayuda de trescientos euros para pagar parte de la deuda contraída y, según juicio de la propia beneficiaria final de los billetes, poder mantener durante algún tiempo la manga ancha en lo concerniente a seguir suministrando productos de primera y vaporosa necesidad.

Volví a verlos por la calle, paseando a un perro tan famélico como ellos, poco más de una semana después. La deflagración fue simple y de fácil aunque indigerible combustión: habían entregado en la tienda los trescientos euros del ala -como si no les hiciera falta quedarse con algo de rescaldo para las vacas flacas de habitual pasto en sus prados-, pero les exigieron ponerse al día y no le fiaban más.

Puestos a suponer, al igual que antes hacíamos, supongamos entonces que la tendera sigue siendo, o al menos ella así debe creerlo, una persona de elata generosidad, pues quien tuvo retuvo, y que en su mente brilla, ausente de ceguedad y como una estrella de inaccesible fulgor, la idea febril de que está exigiendo lo justo sin hacer mal a nadie, porque el daño y aun el dolo jamás ha de existir por el mero hecho de no buscar el bien común. Mas sin ánimo abrupto me vienen a la mente, a imagen de un clarividente flash fotográfico, las palabras del inmortal Hugo: “las faltas de las mujeres, de los hijos, de los criados, de los débiles, de los pobres y de los ignorantes, son las faltas de los maridos, de los padres, de los amos, de los fuertes, de los ricos y de los sabios. […] Si un alma sumida en las tinieblas comete un pecado, el culpado no es en realidad el que peca, sino el que no disipa las tinieblas”.*

* “Los Miserables”, Víctor Hugo.

Matar moscas con el rabo

Devil by nicobou

Devil by nicobou

Dice el castizo refrán con enconado acierto que cuando el diablo no sabe qué hacer con el rabo mata moscas. Es lo que tiene el aburrimiento: imbuidas en él, las mentes lúcidas crean y las débiles destruyen, y ojalá el contexto general al que quisiera referirme con tal afirmación se detuviera en los márgenes de la materia o de aquello susceptible de ser apresado por métodos físicos como el invento de un genio o la violación más infortunada, pero nada más alejado de la realidad. Cuando el ser humano goza de demasiado desahogo le da por preocuparse y convertir en hecatombe sus diarias nimiedades de idéntica manera que un usurero sufre intensos dolores estomacales con la pérdida infinitesimal de una moneda de cobre mientras cuenta ávidamente sus fajos de billetes.

El caso es que Antonia, una mujer afectada de Alzheimer y de eterna sonrisa prendida en los labios, se sentía arrobada -digámoslo con exceso de celo- por simples deseos de sentarse y decidió colmar sus apetencias tomando posesión temporal de la silla del comedor que más a mano estaba y que mejor convenía a sus inmediatos propósitos. Entonces, cuando apenas llevaban sus carnes fofas disfrutando del goce unos minutos, apareció Manolita, de mente nítida a pesar de su avanzada edad, con su cabello pujado, hueco, extendido hacia atrás, el rostro enjuto y vencido de arrugas y la exigencia demagógica que suele ser característica de la clase aburguesada, no pudiente en exceso y nulamente agraciada con la capacidad de ponderación. La causa originaria de su generoso histerismo no podía resultar más estrambótica e innecesaria: le habían quitado el asiento y en las afueras de esta subjetiva realidad, el caos.

Colgar de justificaciones la actitud avasalladora y profundamente impertinente de Manolita no me supone esfuerzo, pues puedo recurrir sin pleonasmos a las manías comunes de la persona mayor, a sus particulares idiosincrasias, pero comprender idéntico comportamiento en su sobrina ya escapa a mis posibilidades. Cuando dio por hecho y por sensato que es función del personal auxiliar velar por el asiento de su tía se me abrieron las carnes en canal. Mudo me quedé, con inmensas ganas de espetarle frente a su gesto displicente la más áspera de las respuestas. Mi cerebro rodó casi sin querer a cualquier jueves nada aburrido en la oficina de Cáritas: Ángeles, con ocho comensales a la mesa sin nada que echarles al buche; Pilar, con depresión exógena y sin un euro para comprar medicamentos; Salud, con menores a cargo y el agua cortada desde antes de ayer; Rafi, casi incapacitada para tomar sanas decisiones, sin tratarse de la enfermedad mental y con el hijo recién mandado a una cárcel en León…

A Mayte, la sobrina de Manolita, posiblemente estas desgracias le parecerán una vaina, porque a su tita del alma le han quitado sin querer un puto sillón, y lo ha hecho una mujer más necesitada de comprensión que ella misma, una anciana aquejada de Alzheimer y que tan sólo deseaba sentarse. Tal vez por eso me hice un nudo tormentoso en la boca, que me partió el alma y me estranguló la lengua pegándomela al paladar, y solo razoné para mis adentros -tras soltarle insulsamente que los sillones no son de nadie- que estamos necesitados de desgracias, de pasarlo mal de verdad y de enconado sufrimiento, para lograr ser menos taimados con nuestros propios disgustos y casi agradecerlos, para no hacer lodo del agua por el simple hecho de que no se nos aparezca como cristalina… Para no matar moscas con el rabo cuando estemos aburridos.

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Basada en una obra en http://indignadossinparaguas.blogspot.com.es/2014/01/matar-moscas-con-el-rabo.html.