RBU (o en qué consiste la dignidad)

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    No conozco una sola persona o colectivo que viva inmerso en el trabajo con grupos de exclusión social que esté en contra de la Renta Básica Universal (RBU). Más bien, prácticamente todos con los que tengo relación abogan por su implantación y hasta realizan campañas a su favor considerándolo uno de sus principales imperativos. Por otro lado, es de sobras conocido que diversos intelectuales y economistas de renombre y de diferente marco ideológico esgrimen argumentos contra dicha ayuda estatal acusándola, entre otras cosas, de favorecer el control gubernamental, el neoliberalismo y la individualidad, como si apoyar la medida fuera incompatible con otras políticas sociales. Entre ellos mi querido Vicenç Navarro, cuyos análisis socio-económicos suelo apreciar muy cordialmente.

    En este sentido, no resulta baladí sino clarificador que en Suiza, uno de los países donde el dinero y las inversiones son de lo más trascendente y la pulcritud institucional llega a cotas inalcanzables para el resto de los mortales, se rechazara la propuesta mediante referendo con una negativa de más del 75% de la población.

    Resumiendo un poco, la RBU consistiría en una ayuda del gobierno a todos los ciudadanos por el mero hecho de serlo, ya sean ricos o pobres, y sin ningún tipo de contraprestación por parte del benefactor. Y claro, eso de cobrar trabajes o no trabajes no es del gusto de muchos, sobre todo de quienes apelan con la pesadez plomiza de quien tiene algo que ganar que lo que dignifica a los seres humanos es, precisamente, el trabajo. Lo que mi mente pensante me dice al respecto es que este modelo ideológico respecto al trabajo y a la RBU responde a un concepto clasista, prejuicioso y capitalista. No es mi intención detenerme mucho en argumentos y explicaciones magistrales que suelen superarme ampliamente sino poner algún botón de muestra de ese inframundo que nos rodea y del que en ocasiones insistimos en negar su existencia, pero no está de más algún apunte antes. Sigue leyendo

Burkini y fotodepilación

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Pesista See Lee (Juegos Olímpicos de Londres, 2012)

     La semana pasada estuve en Isla Mágica. De 11 de la mañana a 10 de la noche. Tuve tiempo de protestar a la entrada, reventarme, marearme, montarme en una atracción de esas que nunca antes lo habías hecho por ser un gallina, de disfrutar por primera vez de una piscina de olas y… de ver a un par de musulmanas ataviadas con Burkini en dos sectores distintos de la zona acuática. Con sus hijos se encontraban ambas, y lo primero que pensé al verlas es que si se les prohibe el uso del burkini, se les está prohibiendo también en subsidiariedad que puedan ir con sus hijos a la piscina o a la playa. Después, casi inmediatamente, pensé que debía de ser un talibán por preocuparme de esas banalidades en lugar de rasgarme las vestiduras por tamaña muestra de machismo social y que no debería permitirse tal aberración. Se me pasó pronto este sentimiento último. Me bastó con echar un ojo en torno y ver a diestro y siniestro mujeres de toda clase social, edad y peso depiladas pulcramente desde el entrecejo hasta las falanges del dedo gordo.

     He leído mucho estos días del tema este del patriarcado, del machismo social, de la islamofobia… pero, en lo referente a los dos primeros puntos, prácticamente a ninguna mujer ni a ningún hombre les he oído mencionar ni de pasada el tema del vello, la estética y la silkepil (o como diablos se llame). Tal desmemoria o despiste me lleva a pensar en la asunción y normalización de los micromachismos (o macro) cotidianos haciendo que determinados árboles nos impidan ver el bosque. Sigue leyendo

Tauromaquia: el museo de los horrores

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No estás solo, por Luiso García

    Existen debates sociales sujetos a las más variopintas argumentaciones y en los que resulta casi una entelequia poder llegar a una conclusión al menos objetiva: los OGM, la dieta vegana… si es mejor Messi o Ronaldo.

    En otros, con todo el respeto del que soy capaz -que a veces no llega a unos mínimos- , los razonamientos a los que se recurre, vete tú a saber si para no tener que cambiar de postura ni un ápice, no hay ni por dónde pillarlos. Es el caso de la tauromaquia, tan en boga estos días en virtud del fallecimiento del matador Víctor Barrio y la polvareda levantada por determinados comentarios en las redes sociales. Ante dicha coyuntura no huelga decir que no me alegra en absoluto la muerte de ningún ser humano, ni la de un dictador, pero que ese hecho me lleve siempre a la preocupación es otra cosa bien distinta: me preocupan los refugiados, la gente que no tiene ingresos para acceder a los derechos básicos, las personas que malviven en exclusión social… Que un torero muera corneado por un astado no sólo no me preocupa, sino que me parece una soberana estupidez haber llegado a eso por voluntad propia y que hayan tenido que sufrirlo sus familiares.

    Y que no me alegre de la muerte de Víctor Barrio tampoco me impide indignarme con la amalgama de ‘argumentos’ esgrimidos -sin vergüenza ni nada parecido que se precie- estos días por los defensores y defensoras de la Fiesta Nacional, que para mi sorpresa llego a pensar de corazón que incluso llegan a creerse y que son más fáciles de desmontar que una mesa de camping.

    1. “Es una tradición”.

    Dicho argumento parte de un peligro en sí mismo, pues es obvio que da a entender que las tradiciones hay que respetarlas y asumirlas más allá de la lógica , que pa’ eso son tradiciones. Por tanto, habríamos de aceptar el tradicional machismo social, una costumbre atávica y que se remonta a la noche de los tiempos: que las mujeres en este país cobren menos al no acceder a los mismos puestos de trabajo aunque las funciones sean idénticas, que haya una violación cada ocho horas, que hayan sido asesinadas 29 mujeres por violencia de género en 2016… Nada, oye, que es una tradición.

    Y ahora la pregunta más seria. ¿Las corridas de toros son realmente una tradición en el sentido cultural de la palabra? Según el DLE tradición es una doctrina, costumbre, etc conservada en un pueblo por la transmisión de padres a hijos. El caso es que los defensores de las corridas suelen hacer referencia al tiempo de maricastaña, cuando ni el mundo era mundo, pero, en realidad, el festejo, en su sentido moderno, no se establece en España hasta finales del siglo XVIII y a lo largo de su historia, los espectáculos taurinos han sido prohibidos tanto a nivel civil como religioso repetidas veces, al menos, desde el siglo XIII. La conclusión lógica a la que llegar es que El Toro de la Vega, cuya celebración en los mismos términos ha sido prohibida recientemente y que tiene origen medieval, tiene más tradición que las corridas de toros, e incluso la fiesta de los gansos en Lekeito, en la que se le arranca a tirones la cabeza a los ánades, tradición que parte del siglo XVII. Sigue leyendo