Acerca de Rafa Poverello

Más allá de la falsedad del nombre, pues no soy pobre ni aunque quisiera en virtud del bagaje socio-cultural del que me es imposible escabullirme, mi espíritu anda de su lado, no porque sean buenos, sino porque se les trata injustamente.

«El hombre del brazo de oro» (1955)

otto_preminger_by_marzia_bonvini-d7w19fq

Otto Preminger by Marzia-Bonvini

    1955. Simplemente e incomprensiblemente.

    Fue una suerte el por saco que se diera en la Meca del cine a finales del los años 40 y principios de los 50 del siglo pasado con la necesidad de la libertad de creación en el séptimo arte. A partir del estreno en Estados Unidos del filme «El amor» (1948), de Rossellini, y las ampollas levantadas por uno de sus episodios, «El milagro», las autoridades judiciales decidieron cambiar la ley y flexibilizar lo que podía o no podía aparecer en una pantalla de cine. A años vista, podemos decir que poco a cambiado debido al propio sistema de calificación de las películas, pero infinidad de filmes no habrían visto la luz por su crudo realismo y mordaz crítica social sin esta hecho histórico. Desde «Hombres» (1950), hasta «Johnny Guitar» (1955), pasando por «Rebelde sin causa» (1955) o «La podadora» (1955). Sigue leyendo

Elipsis

odisseus_by_znttus-dat5vno

Odisseus by Znttus

Cuando te transformas en isla
soy los restos de un naufragio que se hunden antes
de alcanzar la orilla.
Devorado en mitad del océano por tus elipsis,
a imagen de un Aquiles
con el talón cercenado,
perezco
arrastrado por cantos de sirena y sin un mástil
al que amarrar mi espera.

Cuando te transformas en isla
chapoteo
tan ausente de brazos y de piernas
que un pez dragón de las profundidades abisales
se muestra más asequible siquiera de rozar con la punta de mis dedos
que un grano solo
en la arena de tu playa.

Cuando te transformas en isla
sobrevuelo con víveres,
como un Grifo de coraje incombustible,
por encima de esa hambruna que jamás acierto a descubrir si sientes.
Anhelando fuego de bengalas,
colgado de un hilo roto, pero
reconociéndome en la piel de ese Viernes agradecido,
rescatado por ti del invierno
y cuyo único celo consiste en
existir
cada día de tu semana.

Cuando te transformas en isla,
me hago Odisea.
Rodeo con mi soledad imponentes muros
y a expensas del absurdo
relleno tus elipsis de conveniencia fracasada,
pues a pesar del temor de no saber
quizá
regresar a la patria,
o de que el salitre de las aguas me convierta en estatua,
ingenuo y torpe
me vuelvo a ti, como la mujer de Lot
contra todo mandamiento y rigor,
a esa isla que amo y duele,
sabedor de que una renuncia completa
es una piedra desprendida del caos que
destroza mi sueño -de idéntica manera al de Nabucco-
y mis pasos de barro.

Lo peor de lo que nos pasa

5_Simon_el_Cirineo_ayuda_a_Jesus_a_cargar_la_cruz

Via Crucis by Cubonegro

    En su libro de cuentos “¿Quién puede hacer que amanezca?” el teólogo y terapeuta Tony de Mello nos regalaba esta historia:

    “Necesito desesperadamente que alguien me ayude… o voy a volverme loco. Vivo en una pequeña habitación con mi mujer, mis hijos y mis parientes, de manera que tenemos los nervios a punto de estallar y no dejamos de gritarnos y de increparnos los unos a los oros. Aquello es un verdadero infierno…”

    “¿Me prometes que harás lo que yo te ordene?”, le dijo el Maestro con toda seriedad.

    “¡Te juro que lo haré!”.

    “Perfectamente. ¿Cuántos animales tienes?”

    “Una vaca, una cabra y seis gallinas”.

    “Mételas a todas en una habitación y vuelve a verme dentro de una semana”.

    El discípulo quedó horrorizado, pero ¡había prometido obedecer…! De modo que lo hizo y regresó al cabo de una semana quejándose desconsoladamente:

    “¡Vengo hecho un manojo de nervios! ¡Qué suciedad, qué peste, qué ruido…! ¡Estamos todos a punto de volvernos locos”.

    “Vuelve otra vez”, dijo el Maestro, “y saca a todos los animales fuera”.

    El hombre se marchó a su casa corriendo y regresó al día siguiente radiante de alegría:

   «¡Qué felicidad! Han salido todos los animales y aquello es ahora un paraíso. ¡Qué tranquilidad, qué limpieza, qué amplitud…!”.

    Ya, una memez. Pero lo mismo una memez que no tomamos en demasiada consideración en nuestro día a día. Estamos tan liados, con tantos follones que no tenemos ni tiempo para salir de nuestras preocupaciones y tratar de ser felices sin vernos en la oblicua necesidad de ir por la vida cargándonos con cruces a la espalda.

    Reflexionemos sobre nuestros problemas, sobre el estrés, los nervios, la cantidad ingente de personas que nos hacen sufrir. ¡Vaya angustia! Sigue leyendo

«Mishasho»: mi primera novela

Portada Mishasho

     Dicen que los hombres no parimos. Es mentira. Alguna vez lo he hecho, pero con algo menos de dosis de paciencia de por medio. Este parto, el primero en su especie fue de dos años casi justos, y para el alumbramiento tuvieron que pasar casi dos años más. Es lo que tiene ser un pejiguera.

     Uno escribe por necesidad, y no económica quiero decir, sino de estar delante de una pantalla de ordenador (con lo bien que quedaba lo del papel) y ponerse a transcribir ideas lo mejor que uno puede y luego poder compartirlas. Cierto que hasta Dickens escribía a veces para sacar unas pelillas (sus cuentos para las navidades), aunque no lo precisara, desde luego; o Faulkner, que se puso con «Santuario» para ver si se lo publicaban y poder dedicarse luego a alguna obrilla más seria. Incluso rompió casi todos sus principios y finales personales cediendo a hacer cambios de todo calado y lugar para conseguir su objetivo.

     Lo mismo yo soy más porculero que Faulkner, porque no me pliego, y eso tiene sus inconvenientes. He odiado siempre nada cordialmente el mundo editorial y sus derechos sobre el autor (no de autor), así que empecé con esperanzas mandando el manuscrito a editoriales independientes y/o alternativas, o eso decían algunas. Pero, bien porque no tienen tanta posibilidad de ampliar catálogo como las gordas y sebosas bien porque no eran tan alternativas como gustaban de venderse, las mandé a todas al garete y guardé el manuscrito en el cajón de los olvidos. Queda mejor esa expresión que decir en una de las carpetas personales del home del ordenador. Sigue leyendo