Acerca de Rafa Poverello

Más allá de la falsedad del nombre, pues no soy pobre ni aunque quisiera en virtud del bagaje socio-cultural del que me es imposible escabullirme, mi espíritu anda de su lado, no porque sean buenos, sino porque se les trata injustamente.

José de Espronceda

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José de Espronceda

    Puede ser que se deba a que era de mi terruño, Badajoz, y bastante cerquita de mi pueblo natal. O a que, como buen estudiante de letras , me aprendí en BUP de memoria casi todas las estrofas de su conocidísima Canción del pirata y recitándola iba de aquí para allá puño en alto (aún hoy me la sé). O tal vez que me emociona el romanticismo, su forma visceral y apasionada de entender la vida y las relaciones, aunque ello conlleve como de fábrica la dudosa prerrogativa de morir joven…

    Pero Espronceda me cae bien, me gustan sus gustos, sus ‘canciones’ a los marginados por la sociedad: al condenado a muerte, al mendigo… al pirata, e incluso, ¿por qué no? su visión romántica de estos colectivos, aunque hoy día -si cometemos la insensatez de olvidar que fueron escritas en la primera mitad del siglo XIX- pueda parecernos condescendiente. Sería notoriamente injusto, porque José de Espronceda fue un liberal, un luchador, un exiliado que incluso de regreso a España siguió sufriendo el peso de la ‘justicia’ política, que casi nunca lo es. Participó activamente en la revolución de París, en revistas que serían censuradas, en círculos literarios…

    Y la única forma de valorar a quien cantaba, siendo posiblemente el primer autor en introducir grupos sociales mal vistos e incorrectos en literatura, es conocer algo más de sus versos. Sigue leyendo

Meritocracia

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FEAT by YUK-buitar

     Me hallaba en esa hora intermedia, ni temprana ni tardía, en la que una interrupción, por leve que fuera, podría desestabilizar mi consagrada puntualidad a la hora de dar inicio a la primera sesión del taller de promoción de familias. Faltaba un matrimonio por hacer acto de presencia y fue Manuela, la esposa, quien, con cara dispersa y forzada sonrisa de torniquete, me hizo un gesto locuaz para que saliera un momento de la sala. Se encogió de hombros mientras le quitaba el seguro a la boca.

     – Mi marido… está ahí fuera, en la esquina.

     Como si encogerse de hombros fuera tan contagioso como un bostezo copié el gesto y puse cara de no entender ni jota.

     – Nada, que no quiere entrar.

     Supongo que mi semblante parcialmente adusto fue el que le borró la sonrisa bobalicona de la cara. Abrió de nuevo la boca sin seguro de accidente, pero antes de dar pábulo a explicaciones probablemente poco convincentes me dio por recordarle uno de los criterios básicos para asistir al taller y cobrar los pertinentes cien euros al mes.

      – Tenéis que venir los dos. Ya os lo dije.

    Entonces estalló la bomba, que sonó en los labios de Manuela como una justificación imposible.

     – Es que ha visto que vienen gitanos y es que no puede con los gitanos.

    Respiré hondo, a niveles que podrían haberme hecho batir el récord de profundidad a pulmón libre, y tragándome un exabrupto, dejé que tratara de explicar lo inexplicable.

     – No sé, ya se lo he dicho, pero es que no puede ni sentarse a su lado, ni estar la misma habitación.

     Fui pragmático, en grado sumo.

    – Pues vosotros veréis las prioridades. Si le puede más el malestar que la necesidad ya sabéis que os cerramos ficha y por el momento no os volvemos a ayudar económicamente.

    Salió la mujer a la calle, a convencerlo se supone, resoplando y refunfuñando como un fuelle oxidado. Ni qué decir tiene que no regresaron. Ni ella ni mucho menos el marido. Cuando no hay explicación lo mejor es no darla.

     La única característica que diferenciaba a esta familia de aquellas otras que juzgaba era el color de su piel.

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«¡Absalón, Absalón!» (1936)

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William Faulkner (1954) by Carl van Vechten

    Opinaba William Faulkner como quien no quiere la cosa que «no te preocupes por ser mejor que tus contemporáneos o predecesores. Intenta ser mejor que tú mismo.»

      Por mi parte, he de decir sin renunciar a la hipérbole respecto a la primera parte de la aseveración que cada vez que termino una obra del tipo de New Albany me entran ganas de bajar la nota a todas los novelas que he leído; y en lo referente a la segunda parte afirmar que incluyo en dichas ansias a las anteriores suyas.

“¡Absalón, Absalón!” es la mejor novela que, hasta la fecha, he leído del norteamericano, lo que es decir mucho, pues ya le había endosado algún que otro diez. Faulkner, un experto en retratar, igual que en una apoteosis, la desmembración y caída al fango de cualquier familia del sur nos vuelve a mostrar con su estilo tan depurado como obscuro y exigente las miserias humanas de las que no está a salvo ni la más casta de las criaturas. Y de nuevo lo hace desde la puntillosa exigencia que conlleva asumir la buena dosis de verdad y la imposible objetividad en cada uno de los personajes que habitan sus obras. Imposible reconstruir sus historias sin abrazar en igual medida la realidad tal y como son capaces de entenderla el padre, la madre, el hijo, la primera esposa, el bastardo, el amigo íntimo del que habla… Tal es así que resulta normal que cada página de Faulkner se convierta en un laberíntico túnel de sentimientos, ideas, prolegómenos en los que por momentos olvidas incluso el contexto en el que se está produciendo cada intenso monólogo -repleto de fluir del pensamiento- y haya que inyectársela en vena en pequeñas dosis, como la insulina, no vaya a producirse en el lector un coma de glucosa. Se ha de agradecer soberanamente a todo editor que se precie de introducir de manera habitual al final de las novelas del autor dos anexos: uno con los personajes y otro con la cronología para no acabar por cortarse las venas.
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