Paraíso distópico

Fahrenheit 451 by discogangsta

Fahrenheit 451 by discogangsta

     La habitación 101 está vacía y yerma; brigadas de bomberos no irrumpen en los salones a altas horas de la madrugada rastreando anaqueles como adiestrados sabuesos ausentes de alma y con las armas bien dispuestas a 451 grados Fahrenheit; en un principio catódico tampoco la hipnopedia indujo al inocente sueño de infantes. 

     No. 

     No hizo falta un Gran Hermano que observe; ni cuerpos especiales que transformen la libertad de los libros en cenizas; ni manipular la esperanza desde la natividad a golpe de cerebros lobotomizados y opiniones ajenas. No se hicieron necesarias sutilezas ni sobrehumanos esfuerzos a fin de cimentar un mundo feliz, de usurpar el derecho inalienable, de convenir la ruptura inmediata entre Consejo y los proles. 

     Las sociedades ideales y tan paradójicamente imperfectas maquinadas por las mentes lúcidas de Orwell, Huxley o Bradbury en la primera mitad del siglo XX, y que fueron invento febril de un presente caótico y un futuro nada halagüeño, han hallado un cumplimiento y un desahogo en tal forma y contundencia que ni los propios autores hubieran sido capaces de idear y extraer de su pluma. Este nuevo y real paraíso distópico para quienes ostentan la autoridad con brazo de hierro y con leyes de plomo hubiera sido tan inviable de creer que rellenaría las estanterías de política-ficción en cualquier librería o biblioteca hace apenas un cuarto de siglo.
     Fulanito, ciudadano de a pie con escasos ingresos, decide solicitar a su banco de confianza (manido concepto) un préstamo hipotecario; el banco, muy ducho en materia de trabucar el deber en base a sus propios y turbios intereses, aparte del consabido aval que asegure poder embargar los bienes a alguien solidario con los males de otros, le exige unas comisiones y un procedimiento abusivos e incluso ilegales para la Unión Europea. No obstante, si el tal Fulanito deja de pagar la susodicha hipoteca comienza el proceso de desahucio y se pergeña el acoso y derribo del ser humano impotente a manos de una orden firmada y enviada por un juez a los cuerpos de in-seguridad que ejecutan el varapalo, consintiendo entre todos como norma suprema que la casa sujeta a debate pase a propiedad de la entidad financiera y se apulgare casi siempre en tierra baldía de nadie, y conduciendo sardónicamente al desesperado infeliz, en innumerables y hasta silenciados casos, a abrazar idéntico final al de Bernard Marx. El banco en cuestión, el juez que ordena y la mano firme que ejecuta se van de rositas tras realizar desde el propio inicio de la secuencia variados y variopintos actos de flagrante ilegalidad. En este supuesto sí parece ser considerada inapropiada aquella máxima escuchada hasta el hartazgo por los pobres e iletrados de que “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento.” Paraíso distópico.

     Zutanito, persona de moral distraída y director de vete tú a saber qué caja de ahorros de Madrid, es imputado por un juez justo -curiosa y casi arbitraria asociación- por delitos de apropiación indebida, falsedad documental, etc etc en virtud de los cuales decreta su prisión incondicional; la Fiscalía del Estado, de quien ha de suponerse que defiende estoicamente la más absoluta legalidad, opta entonces por solicitar la libertad bajo fianza del banquero al no existir riesgo de fuga mientras decenas de Zutanitos, con ínfimas posibilidades reales para huir de un país que también es suyo revientan sus huesos secos de pobres Lázaros en celdas pertrechadas de inmundicias y sin un perro flaco que les lama las heridas. Ordalía para los pobres. Y paraíso distópico 2.0.

     Menganito, desde su inviolable guarida como señor oscuro de Mordor, con la responsabilidad contraída y olvidada tras ser elegido por los seres disfuncionalmente libres cada cuatro años que creyeron en sus falacias electoralistas, no sólo ha incumplido con metódico e ideado proceder gracias a la vehemencia del nuevo Minver todas las promesas que le condujeron a habitar la torre espigada de Barad-dûr, sino que una pléyade administrativa de menganitos y zutanitos convenientemente adiestrada legisla, decreta, sanciona, recorta, obliga… sin que ni el delicado Céfiro logre que una sola de esas normas establecidas por los adustos Próceres y destinadas a los fulanitos de a pie les rocen siquiera con la punta de los dedos. Paraíso distópico 3.0.

     La habitación 101 está vacía y yerma, no hace falta vender miedo a quién ya tiene de sobra, pero también es al miedo al que invoco; al miedo de convertirnos en modernos hombres-libro y de vernos obligados a memorizar pasajes de Nabokov, Steinbeck, Bukowski porque sus obras han sido devoradas desgarradoramente por el fuego y a compartirlas a escondidas aun a riesgo de ser lanzados nosotros mismos a la hoguera como anunciara Heinrich Heine*. “En ese mundo no estaré en paz. Y sin paz, nunca.”**



* “Allí donde se queman libros se termina quemando también personas”
** Pyassa (Guru Dutt, 1957) Licencia Creative Commons
Paraíso distópico por Rafa Poverello se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en http://indignadossinparaguas.blogspot.com.es/2013/06/paraiso-distopico.html.

La gitana del romero

Gitana de Granada, National Geographic Magazine (1917)

Gitana de Granada, National Geographic Magazine (1917)

     Acabo de hacer un rastreo incisivo por la red -debiera de ser escrita con mayúsculas tal vez, so pena de que algún iluso piense que he salido a realizar pesca de bajura-. Poca cosa era el objeto de mi trasiego, pero preciso y metódico en virtud de lo acotado de mi búsqueda: “facultad de ciencias politicas asignaturas” escribí en el teclado del ordenador antes de pulsar de inmediato con el dedo corazón el botón de Intro. En este momento he de pedir disculpas por la ausencia de tilde sobre la primera i de la palabra políticas, pero mi pereza y escasa exigencia en este menester internauta tiende con excesiva facilidad a la economía lingüística, aunque podría jurar sobre todos los libros sagrados que no soy el único.
Tras un microsegundo -exagero ciertamente pues mi ordenador adquiere en ocasiones un ritmo tan cadente y estresante como la homilía de cualquier cardenal- múltiples fueron los resultados volcados en la pantalla por el buscador y yo, con un celo y una motivación que envidiaría Jack el destripador a la hora de despanzurrar vísceras, me dispuse a coleccionar información sobre diversos planes de estudios de otras tantas Universidades. He de aclarar, antes de que las elucubraciones mentales saquen de contexto mi esfuerzo, que el único interés que me ha movido a tamaña estupidez es meramente científico, pues no entra dentro de mis objetivos en esta vida ni en otras que se me pudieran otorgar el dedicarme a estudiar Ciencias Políticas. Pudiéramos decir que repleto hasta el hartazgo de escuchar los cantos de sirenas de gobernantes, ministros y opositores simplemente me sobrevino una duda cartesiana.


     Fundamentos de Ciencia Política, Economía Política, Historia Política, Estadística aplicada, Relaciones Internacionales, Estructura Social Contemporánea, Derecho rezaban entre otras las materias contempladas en varios de los programas de la licenciatura. En cada ciclo y rincón de las webs expurgué, escarbé como si de ello dependiera mi vida, pero por ningún lado hallé Manipulación Política, Falsedad Instrumental, Incumplimiento de Programa… Cierto que en uno de los planes de estudio y con un valor de doce créditos (el más alto entre todos con los que me topé) se podía leer dentro de una de las tablitas: Prácticum. Ahí es, fijo, donde luchan por convertir en realidad la inviabilidad anunciada por Lincoln: “se puede engañar a todos poco tiempo, se puede engañar a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”. 

     Reflexionando entonces acerca de las causas que arrastran cual acto reflejo al común de los mortales a asumir como aprehendido aquello que no ha sido aprendido recuerdo a Paqui, una joven gitana de cabello enmarañado y ojos firmes que mientras compartía su experiencia en unos talleres de empleo y con espontánea insolencia soltó una insondable verdad a un auditorio absorto. Fue después de que a alguno de los presentes se le antojara la refulgente idea de preguntarle con una abierta sonrisa si había sentido alguna vez el rechazo. Paqui, que con unas ramitas de romero en la mano dedica sus mañanas a leer la buena ventura (nunca es mala) apostada a la salida de una de las puertas del Patio de los Naranjos de la Mezquita, respondió henchida de satisfacción y de discreción: “He tenido suerte. La gente se ha portado siempre muy bien conmigo”. Entonces, como en un impulso, se encogió de hombros, fijó la vista con total voluntariedad en una de las personas sentadas al fondo de la sala a la que evidentemente había reconocido poco antes al entrar, la señaló con el dedo y a partir de ese instante su libertad de expresión venció por KO el pulso sostenido con la prudencia sin importarle un quark que el hombre en cuestión estuviera ataviado de vestiduras eclesiásticas: “Pero mira, ya que lo preguntas, la verdad es que una persona me trató como si fuera una mierda, y está ahí sentado detrás; sí, tú -continuó señalando casi con aspavientos por si acaso el susodicho no quería darse por enterado cuando más de la mitad de la sala lo observaba volverse del color de un bebé con escarlatina-, el antiguo secretario del obispo. Cuando fui una mañana a pedirle ayuda me soltó que lo que debería hacer era quitarme de la Mezquita porque estaba dando mala imagen a la ciudad de Córdoba”. “Pues eso que dices no lo recuerdo”, se oyó en un suspiro ahogado y como para adentro desde la última fila de asientos. “Normal que digas que no te acuerdas, porque eres quién eres, pero yo digo la verdad sea la que sea porque cuando salga de esta sala seguiré siendo la gitana del romero”. Y pasó a relatar con precisión quirúrgica el primer y desafortunado encuentro entre el antiguo secretario del obispo y la gitana joven de la ramita de romero.

     Opinaba Il Poverello de Asís que la pobreza es la base de la no-violencia, pues quien nada tiene no necesita armas para defender sus posesiones. La mentira y la manipulación son dos armas afiladas en manos del poder establecido con el fin inmisericorde de mantener el status quo. Son los blasones a los que se aferran y en los que se escudan quienes hacen infamia de la verdad evidenciando que peor y más deleznable aún es tratar al pueblo como imbécil que lanzar los propios embustes.

     En las próximas elecciones habrá que dar una vuelta por los alrededores de los muros de la Mezquita. Allí, cualquier mañana de tiempo incierto, con unas monedas de cobre en el refajo y calzando sus zapatillas de boatiné, hallaremos al candidato idóneo: Paqui, la gitana del romero, manipuladora de extranjeros inexpertos, pero que reconoce que lo es en idéntica medida a que cuando habla apenas tiene nada que perder.

“Arbeit macht frei”

Arbeit macht frei in Auschwitz

Arbeit macht frei in Auschwitz

     Hace calor en la pequeña cocina office del bar de tapas. Primavera y media tarde en Córdoba es sinónimo de bochorno por muy condescendientes que se muestren ese día las isobaras a nivel termostático en la pantalla de cualquier televisor al final del noticiero. A horas tan poco halagüeñas para el consumo callejero Mar es la única empleada dentro del establecimiento; desde la salita en la que está intentando, con un cuchillo jamonero, sacar el máximo provecho posible al hueso ensartado en su soporte y que parece haber sido devorado a conciencia por un banco de pirañas, escucha hablar con tono soporífero a una pareja que medio adormilada y haciéndose arrumacos se toma las primeras cervezas de la tarde sobre las banquetas apostadas a la vera del mostrador. Mar, con los bordes de los párpados superiores que parecieran cosidos a retazos a la comisura de los ojos, muestra más cansancio que sueño. Cubre su mano izquierda con un guante de malla mientras con la diestra intenta apurar y sacar tacos de jamón de una zona cercana al codo. 

En una de sus tozudas embestidas contra la paletilla el cuchillo se escurre y no halla hueso; Mar lo devuelve maquinalmente a la postura inicial para continuar su tarea y un géiser escarlata explota hasta la altura de sus ojos moteando con abstractas amapolas la mesa, los útiles de cocina y parte de la pared. La chica pide ayuda mientras arranca nerviosamente tiras de papel de cocina, se coloca las trazas de manera poco ortodoxa alrededor de la zona del antebrazo -a unos tres dedos de la articulación- por la que emana la sangre como del cráter de un volcán y tapona una incisión que aún es incapaz de localizar. La pareja ha dejado las carantoñas tras ser despejado su sueño en virtud de un bofetón inesperado y se acerca a socorrer a Mar, quien con rostro blanquecino y tiritando de pánico parece tener en mente varias preocupaciones y estar estableciendo un erróneo orden de prioridades.

     Aunque puede ser conveniente explicar determinados detalles en beneficio del lector curioso es preciso afirmar que lo de menos es que en un microsegundo de lucidez decidieran llamar a la policía para que vigilaran el local mientras aparecía la compañera de Mar que entraba de turno en breve, o que el miembro supuestamente más asentado en el combate de la pareja que la acompañó a urgencias casi sufriera una lipotimia observando el dantesco maremágnum que lo rodeaba mientras el sexo “débil” mantenía juiciosamente la compostura. Lo de menos ha de ser incluso que el corte del cuchillo, profundo y seco en el músculo supinador, precisara de cuatro puntos externos de sutura y otros tantos internos, o que el doctor que la intervino comentara con la locuacidad de la costumbre que si Mar se hubiera esforzado tan sólo un cuarto de dina más a la hora de taladrar el jamón se hubiera seccionado la arteria radial quedándose en el sitio. 

     Lo de más y meridianamente importante es lo que debiera ser menos evidente; que con el antebrazo hinchado desde la articulación hasta los dedos comenzando ya a amoratarse y salteado con varios bultos producidos por coágulos de sangre la vi a las horas, esa misma noche, temblando y ausente aún de reacción como un ser vuelto a la vida pero que desconoce a ciencia cierta que así ha sido; y que la llamó su jefe, cubierto muy probablemente en un halo de cinismo y preocupación utilitarista, pues a los dos días ya había colocado a Mar en el cuadrante del próximo fin de semana: viernes tarde, sábado de turno partido y domingo de mañana. 

     Ante tamaña demostración de humanidad no pude menos que recordar aquella famosa escena del filme de Spielberg “La lista de Schindler”. Itzhak Stern (Ben Kingsley), el contable judío, acaba de ser detenido y apilado como carne sin valor dentro de un tren para ser deportado de inmediato a uno de los campos de exterminio que el régimen nacional-socialista tenía diseminados por Alemania, Austria, Polonia… Oskar Schindler (Liam Nesson) lo busca compulsivamente posando su mirada inquieta en cada uno de los vagones de la máquina. Perdidas las esperanzas y a punto de batirse en retirada, por la rejilla de uno de los contenedores asoma la cabeza hacinada de Stern, sudoroso, con los ojos abiertos y muerto de miedo. Una vez liberado de una muerte más que probable ambos caminan acelerados por el anden de la estación; el contable tan sólo abre la boca para darle las gracias a su jefe mientras se seca el sudor de la frente. Oskar se muestra enfadado, tenso y confuso: “Y si hubiese llegado cinco minutos tarde, ¿qué habría sido de mí?”, le espeta con un egoísmo del que es incapaz de hacerse consciente. 

     “Arbeit macht frei”, rezaba sobre las puertas enrejadas de muchos de los llamados eufemísticamente campos de concentración nazis: “El trabajo os hace libres”. Libertad para morir, ochenta y siete muertes en los dos primeros meses del año en curso. Dos centímetros evitaron un aumento en la estadística. Cualquier degenerado acabará consiguiendo que aumente, en sus modernos campos de exterminio, y con el beneplácito del Führer.

Revertir la realidad

A María Chércoles, con esperanza

 

Flowers by giedriusvarnas

Flowers by giedriusvarnas

 Voy a hablaros de Carmen, una gitana que pasa ya de los cuarenta, con mirada de gato pedigüeño y tan salpicada de defectos como yo, pero tan de otro costal que no me supone esfuerzo perdonarlos al no reflejarse en ellos mi debilidad. Carmen no tiene ingresos, así de simple y metódico como quien da la hora, no dispone ni de una minúscula calderilla cobriza de esa que los que usamos tarjeta dejamos abandonada en el suelo con tal de no doblar la cerviz. Cuando, acompañada de sus tres hermanas, asoma su enmarañada cabellera bajo la persiana del local de reparto protesta, exenta de reflexión pero con la lógica de un pueblo al que se le ha acostumbrado a vivir de la mendicidad en los suburbios durante seis siglos sin exigirle nada a cambio. Con los párpados caídos, medidos aspavientos y pretendiendo dar la justa lástima que no sobrepase el límite hacia el teatro del absurdo señala los lotes de alimentos que le resultan más convenientes para su fin:
     – ¿Y por qué a mí nada más que me dais una botella de aceite? ¿Y yo no tengo galletas?
     
     Los voluntarios, inexpertos aún en el curioso trajín de la pobreza, se miran con cara de haber sufrido un ictus. El hombre de recortada barba que comprueba los carnés de identidad observa el listado con creciente perplejidad colocándose sus redondas gafas con el índice y el pulgar. Rastrea con el dedo una de las columnas de la base de datos impresa y lo que encuentra lo devuelve a la obvia realidad. Número de miembros: 1. 
     – Carmen, estás mirando lotes de familias que viven hasta doce en la casa y con menores y tú eres sólo una persona, lo que ya es una excepción, pero como venían tus hermanas…
     La aludida siguió relatando la lista de los reyes godos y hasta la de los reyes del mambo, con movimiento de cadera incluido y rostro rubicundo de querer insistir aun consciente de haber agotado todas las posibilidades.

     El comportamiento de Carmen, en buena medida basado en un individualismo crónico en virtud de su necesidad recurrente, me lleva a recordar el submundo impreciso e inestable en el que subsiste -”cuando se sufre no da tiempo a pecar”*- y a establecer que el saber popular a veces tiene el cañón más desviado que la escopetilla de un quiosco de feria. Quienes, a imagen del “mi causa es lo mío” de Stirner, promueven el egoísmo moral como único axioma de sentido común y de supervivencia social responden con toda probabilidad en su exposición de principios a intereses fatuos y de obligada justificación personal: es infinitamente más cómodo y menos abrasivo convenir una idea, aunque pueda resultar errónea, que modificar la conducta; tal vez sea ese el motivo perfecto por el cual nos resulta mucho más útil afirmar la credibilidad de la figura cruel del juez Frollo que la excelsa de Valjean, por recurrir a dos personajes del inmortal Hugo. 

     Siendo  lo más práctico posible puedo afirmar definitivamente que dichas personas tampoco conocen a las vecinas de Carmen. Una de ellas tiene setenta años y una pensión no contributiva, pero a pesar de la propia urgencia le regaló a Carmen un vale de alimentos por valor de treinta euros, otras le compran diariamente el pan, las de más allá le llevan comida… Como contraparte Carmen limpia el portal sabedora de que toda persona tiene algo que ofrecer por encima de los recursos económicos. El trueque de los don nadie, su solidaridad insoslayable que hace del compartir una opción real a través de la que es posible revertir la realidad pues es capaz de interpretarla desde otros parámetros. 

    Me niego a tomar conciencia de esa ambigüedad conspicua sobre una bondad etérea cuyo deber, si bien habría de consistir en realizarse, ya se supone lastrado de forma perenne por su imposible practicidad en la vida del ser humano. Pero si alguien lo hizo una vez ya es posible, no es necesario que se repita varias veces y la libre voluntad de abrazar el humor crítico de Groucho como quien hace honor a la verdad: “estos son mis principios; si no le gustan… tengo otros”, no la siento como voluntad propia. Aquellos actos que me sirven de justificación no han de ser por ello irreductiblemente naturales y espontáneos y lo que tiene posibilidades de ser mejor es un deber moral luchar para que así sea; en eso basamos nuestra esperanza, ¿o acaso no nacen flores del estiércol?



* Gloria Fuertes, “Historias de Gloria: amor, humor y desamor”, 1983.