Vergüenza

Huellas de vida, por Victor Nuño

Huellas de vida, por Victor Nuño

La toma de la mano, como cada día en un repetido ciclo ausente de displicencia y amargor. Con idéntica ternura y necesidad efectiva. Ella lo sigue, poco consciente de quién es en realidad o a dónde lo acompaña. Arrastra los pies, echa el cuerpo hacia atrás extendiendo el brazo fofo que la ata a Antonio. Se ríe de forma tan descompasada como los propios pasos minúsculos con los que es capaz de avanzar y sostenerse.

Cuando mira a su mujer, consciente de una mente ya perdida en un fondo abisal de agónica desmemoria, se le empañan los ojos. Su metódico y cadente actuar cada jornada, prendido de un amor escogido más que voluntario, no deja resquicio para dudas existenciales. No evito en consecuencia recordar el filme “Lejos de ella”, magnífico canto al cariño más allá de los olvidos obvios e impertinentes que lacran la existencia del enfermo de Alzheimer, y más aún la de sus desconocidos familiares. Grant (Gordon Pinsent), sentado, con una inusitada paz en el rostro y rendido a la evidencia, observa a su esposa Fiona (una inconmensurable Julie Christie) coquetear con uno de los ancianos que habitan al residencia para enfermos de Alzheimer. Él sigue yendo a diario, tal vez como un ser que hace firme aquella frase que dicen auténtica y que hizo contener lágrimas a un doctor cualquiera: “Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella”.

El caso es que Antonio sabe muy bien quién es Carmen. Con su rostro ajado y marcado de alargadas arrugas, su débil y escaso cabello blanco y su risa incomprensible y estéril. Lo sabe porque ha compartido con ella los últimos cincuenta años de su vida, porque decidió cuidarla en su domicilio a cada instante cuando Carmen olvidó que su marido trabajaba casi al mismo tiempo que él acababa de jubilarse. No fueron fáciles sus despistes, descubrir que algo no iba bien, que la persona que conocía y amaba pasó a ser una persona amada que desconocía. Tuvo que ingresarla finalmente en una Unidad de Estancia Diurna para enfermos de Alzheimer, con dolor, pero urgido por las circunstancias imponderables que sobrepasaron su deseo. El recurso le fue asignado tras la valoración de Dependencia. Urgente y necesario.

Han pasado tres años y desde hace varios meses Carmen, derrotada por un deterioro cognitivo que ha convertido sus recuerdos en cristal, pasea de la mano de su marido por los pasillos ocres de una residencia de mayores. Antonio, aparte de pagar el precio de mantenerse en el ostracismo dentro de una mirada que debiera reconocerlo, ingresa religiosamente cada mes más de mil cuatrocientos euros por el coste de plaza, pues recursos privados y sin conveniar era la única alternativa viable y posible en virtud de la inmediatez ante el desespero. También religiosamente hubo de ponerse en contacto con las administraciones pertinentes (Junta de Andalucía y Servicios Sociales Comunitarios) y renunciar al recurso de Unidad de Día al verse en la obligación imperiosa de recurrir a un centro residencial. Solicitó revisión del PIA, claro, solicitando cambio de recurso, pues más necesitada se halla ahora Carmen de una ayuda que cuando le fuera concedida tres años atrás. Y aún, religiosamente, las administraciones públicas no han tenido la dignidad de resolver, ni siquiera la prestación económica para la que tan solo es necesario con absoluta probabilidad que estampen una firma. Para conceder dignidad falta el dinero, no hay recursos, y es una verdad fácil de contrastar que en las residencias concertadas existen plazas libres, sin cubrir y que podrían servir de cotidiana, imprescindible y humana redención a personas como Carmen y Antonio.

Con la desesperada oblación de la que soy capaz, con radical impotencia al menos me acojo al enunciado vital de Karl Marx, primigenio y visceral antes de cualquier lucha: “la vergüenza es un sentimiento revolucionario”. La que yo siento casi a diario es la que parece faltarle a los que, injustamente, ostentan mayor capacidad de resolución.

Fotografía Huellas de Vida, por cortesía de Víctor Nuño

Licencia Creative Commons Vergüenza por Rafa Poverello se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en http://indignadossinparaguas.blogspot.com.es/2013/11/verguenza.html.

12 de octubre (III)

 Racism by Eibography

Racism by Eibography

Irreal eterno retorno.

Luego se presentó como ese vulgar ladrón el certero golpe que me fracturó varias costillas. Alguna, ingrata, se vio obligada a incrustarse en un pulmón y al tiempo que saqueaba mi ilusionada respiración la confió a intermitentes latidos de ritmo inconstante.

Es cierto que en el momento invertebrado de la muerte, los hechos y deshechos de nuestra cotidiana vida aparecen fantasmagóricamente ante los ojos como un abisal flash fotográfico. No es un deseo consciente, ni una pretensión que sirva de excusa perfecta para dar sentido a medio siglo de esperanzas y despropósitos. Ojalá fuera así, porque a mí, ese microsegundo de imágenes atropelladas, únicamente me ha servido para reconocer sin dudar lo execrable de la muerte de la que me han hecho víctima, que no mártir. Y comencé a caer en la tentación de pensar, lo cual, en instantes extremos como el mío, siempre lleva a retorcidas preguntas de dudosa respuesta: ¿Qué es lo que odian de mi raza? E injustamente, como si fuera un niño al que le roban su más egoísta posesión, me acosó una horrible presunción. Yo no soy como otros, tengo un pasado de relativo glamour dentro de lo que podría suponerse. Me doctoré en Filosofía y he pasado los últimos 15 años de mi poco tediosa vida impartiendo clases en la Universidad a jóvenes blancos y occidentales. ¿Habría sido salvado de la hoguera por parte de mis jueces y verdugos si hubieran conocido este simple y hasta ridículo dato curricular? Touché. El único reconocimiento académico del que me he hecho merecido candidato y que ni el propio Freüd, en sus peores años se atrevería a regalarme tras mi ridícula disertación, es el doctorado honoris causa en infantilismo crónico. Póstumo. A mi tribunal popular no le importa la cultura, además es probable que osen reducirla al inane concepto no-globalizado de patria, que suele ser el último refugio de los canallas que apuntó el Dr. Johnson. ¿Qué odian de mi raza? No odian nada de mi raza. ¡Odian mi raza! Por ser más o menos inteligente que la suya, más o menos abierta que la suya, más o menos rica que la suya… En definitiva, por el mero hecho de ser diferente a la suya. Necios, sólo hay una raza en nosotros, la humana, el resto son etnias. Mis inquisidores, hijos de Caín, ¿habéis oído nombrar a Adán y a Eva? También Génesis. Ellos no fueron blancos, aunque sí humanos, y afortunadamente nadie los mató.

12 de octubre. Conquistadores de muerte, me habéis hecho descubrir un Nuevo Mundo. De querubines y de ánimas. Una vez más por medio del escarnio. Pero ahora, ni yo ni nadie, os confunde con dioses hipomorfos caídos de un cielo que acierto a descubrir más profano y abrasador que el mismo Hades. Y casi divinos, o aún de mayor valor, han sido los metales preciosos que hoy os habéis abrogado el derecho de usurpar: mis años dorados y la plata de unas bodas que ya no podré cumplir el próximo invierno. Físicamente al menos, porque pudiera suceder, conforme a la nefasta hipótesis formulada por Murphy, que esta misma noche de obscuro tono gris aciago, mientras pasee por el dantesco Paraíso del éter con un fundado desasosiego, descubra con probable y temido horror las numinosas figuras de mi mujer y de mi hija, los últimos seres que, entre sollozos secos, buscó mi cómplice mirada y logró ver aún vivos en la penumbra del parque antes del inesperado empujón definitivo que me llevó al desconocido camino del vacío y de la fe.
Empíricamente contrastado: cuando las cosas no pueden ir a peor, irán.

Pero en fin, mis criminales de cruz gamada no tuvieron ni tendrán la suerte infinita que esperaban. En este incólume lugar al que optaron enviarme, tan lejos de cualquier categoría, los ángeles y las almas no tienen color.

FIN DEL RELATO

12 de octubre (II)

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No es tan fácil perder la conciencia. Acaso cuando el dolor se torna tan profundo como una mirada perdida y se apodera de cada brizna de carne desgajada, de cada célula de tu piel, sucede el proverbial milagro de dejar de sentirlo, o de sentirlo tanto que apenas logras apreciarlo.

El dolor también me une al resto de la humanidad, incluso a mis fríos y duros secuestradores de vida. En este mismo instante, un número incalculable de habitantes del planeta comparten conmigo sin ningún tipo de gozo el dudoso privilegio de la experiencia común e imprescindible del sufrimiento humano. Todos sufrimos porque todos tenemos apegos, y a mí, particularmente, ya se me ha hecho demasiado tarde para alcanzar el Nirvana terreno y darle sentido al sin-sentido. Me conformaré con la ingrávida felicidad de descansar junto al Misterio. Al fin y al cabo, el único apego que me restaba acaban de arrancármelo a patadas. Mis asesinos, si algún extraño día, de esos en los que estamos por arbitrario gusto más dispuestos y sinceros a la hora de reconocer nuestras inmundicias, cae en vuestras manos ociosas el libro de Hemingway “¿Por quién doblan las campanas?”, abridlo, y mientras evocáis mi difusa imagen, leed con displicencia la cita de Donne que le sirve de fundamental inicio: La muerte de cada ser humano me empequeñece a mí mismo, porque yo formo parte de la humanidad. En mi funeral, las campanas, muy a vuestro pesar, también doblarán por vosotros.

Tanto en común llega a revolverme las tripas, como el inoportuno hecho de confesar mi firme creencia en la incomprensible misericordia de Dios Abbá. Libre pues por la gratuidad del amor y no según la ley, no me es lícito sin más culpar a quienes apretaron el gatillo –mi propio chivo expiatorio-, porque fue la sociedad mundializada al gusto occidental quien, en su vergonzosa omnipotencia, cargó el arma de indiferencia, de miedo, de rabia… de inusitada necesidad de desprecio. Ellos ejecutaron la orden, pero mi delito y mi culpa fueron socialmente condenados mucho antes de haberse llevado a efecto. Mi propio nacimiento, dentro de unos cánones y unos parámetros que no pueden compararse bajo ningún concepto con la pureza desmedida de un sonrosado rostro, ya encendió en un día lejano la mecha que hoy me ha hecho arder. Lo máximo a lo que podríamos aspirar es a ser sujetos de lástima. O de caridad mal entendida, esa que siempre nos mantiene impuros e intocables, como a un dalit en la India. Tal vez por eso, curiosamente, mis atacantes fueron siete. Siete. Para la kábala judía un claro signo de perfecta totalidad. Todos me matasteis.

Débilmente pienso. Deberían haber sido seis. Sí, seis, para ser fiel reflejo del número que jamás llegará a simbolizar lo perfecto. Por mucho que intentemos sumarle un uno. Seis. El número tres veces repetido del Anticristo, como la obra del malinterpretado Nietzsche, porque en él se inspiran, aunque sea a costa de sesgarlo a retazos en sus últimos y más que confusos tiempos.

Otro golpe. Esta vez directo al empecinado corazón que se negaba a resentirse. “Sudaca de mierda, a ver que cojones puedes robarnos ahora”.

Tienen razón en lo de la mierda. Así me sentía, como una auténtica piltrafa humana, como el más despreciable de los despojos… Creo que hasta llegué a cagarme de miedo en los pantalones. Y en este minuto ingrato, largo e intenso como mi fatal espera, se le antojó a mi despiadada mente volver a recordar aquella bienaventurada enseñanza, vital para la maduración del espíritu, pero inoportuna e inadecuada por su escaso efecto tranquilizador cuando se la suponía tan necesaria. Era el momento propicio para no cumplir ni a regañadientes la perfecta alegría del Poverello de Asís. Aceptar con paz la humillación. Para intentar siquiera el asalto a tan digna empresa hubiera sido condición sine qua non haber pretendido al menos ser humilde cada segundo de mi mediocre vida. ¿Qué podía hacer ahora con un miserable minuto? ¿Partirme de la risa? Ya me partían ellos con las suyas.

Falta de rigor. Social e histórico. Por eso tranquilamente insultan al tiempo con su absurda locuacidad. Pero la ignorancia no exime de la estupidez. Inventarse la mota en el ojo ajeno va más allá de todo recurso rastrero para ocultar la viga del propio. Me llamaron ladrón con un dogmático pragmatismo. Por trabajar en el mantenimiento de un país que robó todos los recursos del mío. Curioso, para ser íntegros y razonables llamadme a lo sumo incoherente. Ese olvidado adjetivo con el que todos comulgamos indefectiblemente sí me lo merezco. Como Judas. Y recuerdo con resignada emoción las sabias palabras del cacique Guaicaipuro Cuatemoc a los Jefes de Estado de la Unión Europea. En el siglo XVI, provenientes de la indiscriminada expoliación del continente americano, del cual yo soy hijo legítimo, llegaron a España 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. Consideradlo un primer préstamo de buena voluntad. Cuatemoc, lejos de exigencias imposibles de cumplir, se conformó con solicitar la devolución de la deuda a un fraterno 10% de interés acumulado durante más de 300 años –200 de gracia-, lo cual supondría la nada despreciable suma de 185 mil kilos de oro más 16 millones de kilos de plata elevados a 300. Yo, en mi ajado desconsuelo, sólo os pido a cambio una minucia: devolvedme la vida de inmediato.

    Continuará…

12 de octubre (I)

Durante las semanas del mes de octubre, en falso homenaje a esa fiesta hispana en la que muchos no entendemos qué hay que celebrar, compartiré un relato (en tres partes). Y que no se os olvide, niños y niñas, Colón no descubrió América, ya estaba allí antes de que llegara.

11 de Octubre ULTIMO DIA DE LIBERTAD DE LOS PUEBLOS by Demonh86

11 de Octubre ULTIMO DIA DE LIBERTAD DE LOS PUEBLOS by Demonh86

12 de Octubre. En una noche de obscuro tono gris aciago. Al menos para mí.

Acabo de morir. Hace apenas unos minutos aún podía percibir mi viscosa sangre, evidentemente roja, desplazarse plácida desde la base del cráneo y recorrer la comisura de mis labios para desmarcarse, gota tras gota, por la barbilla hasta unirse sin ningún resentimiento con el arenoso suelo del parque.

Dicen que cuando mueres ves aparecer ante tus nuevos ojos etéreos un profundo túnel de luminoso fin. Y en medio de esa áurea luz surge entonces, espontánea, la poderosa presencia física de aquél a quien uno psíquicamente espera: el iluminado Siddartha Gotama, el profeta de la Meca, cualquier at-man, el Mesías deseado, o quizá, en la más absoluta sencillez, encontremos a la entrada de esa sempiterna puerta a la propia familia si, por humana causalidad, pasó nuestra vida sumergida en un denodado agnosticismo.

Yo vi a Jesús. Cruel capricho de tener algo más en común, además del color de la sangre, con los siete samurais que decidieron acabar, a fuerza de alevosía, golpe y risotada, primero con mi hábito innato de tomar aliento y respirar, y en segundo término, más doloroso, con mi otrora animoso orgullo. A pesar de mi embotada, magullada y entumecida mente pude oírles gritar con radical complacencia que la Biblia sacralizaba su conducta. Génesis. Sin embargo, en mi personal túnel de ultravida, resonaron espléndidas, como soberana antítesis factual, las palabras del maestro de Galilea: “Apartaos de mí, malditos de mi Padre, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, porque fui extranjero y no me recibisteis”. Casi al mismo tiempo, dirigido a mí, me pareció escuchar de dulce voz el reclamado imperativo categórico: “Ven”. Síntesis. No podía ocurrir de otra manera. Un Mesías hebreo, encarnado en medio de un pueblo esclavizado por manos ajenas y esclavizante para las propias, suscribe la divina comprensión para todo humano sometido. Para mi humanidad sometida, golpeada, ultrajada.

Triste y fútil consuelo en mi último hálito.

Lo peor fue el primer golpe. Inesperado y seco como un mal augurio que pasa a ser inexorable noticia. Noticia de muerte. Nuestro involucionado pensamiento dificultosamente cree que puede ser la propia vida objeto flagrante de la más mínima desgracia. Los desastres sólo osan acercarse a umbrales extraños que, con torpeza infinita, acaban por permitirles desesperanzados una entrada que ya evoca triunfo. Yo era demasiado firme como para dejarme manejar por las circunstancias –olvidé a Ortega, craso error-; era demasiado inteligente como para verme vencido por un alterego. Y ahora, eternamente muerto, un rencor imbécil ante la filosofía de quien no conocí jamás nace a partir de una duda: ¿cómo se atrevió Sartre a escribir que éramos libres del todo? ¿Responsables del todo? ¿Tal vez libertad para morir? Alguien me ha robado mi libertad para morir matándome libremente. Y de nada me sirve pensar que fueron siete esclavos de una misma y solitaria idea. Una idea que no otorgaba convencimiento para una mundana victoria. Porque tenían miedo, qué extraño. Su absurda seguridad sólo les invitó a rodearme después de verme tumbado en el suelo, sorprendido por un primerizo ataque a traición. Nadie en su sano juicio tiene miedo a su propia idea, esto sólo puede ser característica compartida por animales poco racionales y de genio enfermizo. Nos atrevemos a temer, de manera exclusiva y excluyente, las consecuencias directas e indirectas de nuestras ideas. De este modo, nos sentimos tan libres de culpa y de facto que ya estamos potencialmente capacitados para la hora de acometer la innoble causa de perpetrar el más brutal de los asesinatos. Lo único importante es que nadie pueda percatarse de la hazaña porque, por supuesto, mis siete antagonistas estaban unánimemente convencidos del merecido cumplimiento de mi condena. Más aun tras cada golpe salvaje. He sido convertido en involuntario paradigma de la injusta realidad del chivo expiatorio. Girard aplaudiría escandalizado ante tan violenta piedra de tropiezo. Todo el mundo tiene sus motivos.

Continuará…

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