Cuando el dinero es lo primero

    Amanecíamos hace menos de siete días con la noticia de que, durante unas horas, el fundador y presidente del grupo Inditex, Amancio Ortega, había sido por unas horas el hombre más rico del planeta, por delante de Bill Gates, creador de la todopoderosa Microsoft. Luego regresó al segundo puesto, siguiendo de cerca al norteamericano. Lo bueno del asunto es que de tal hazaña podemos gloriarnos todos y todas, pues tan pingües beneficios han sido posibles gracias, entre otras cosas a que una numerosísima parte de la población compra en sus ‘sellos’: Zara, Stradivarius, Massimo Dutti, Pull&Bear, Oysho, Bershka…

     Lo malo es que si nos gloriamos de sus logros debiéramos igualmente condenarnos por sus excesos, que en suma, serían también los nuestros. Por poner un poner:

     Greenpeace lleva desde 2011 denunciando a Inditex por el uso de tintes en sus prendas que pueden provocar cáncer y disrupciones hormonales tanto en trabajadores de la industria textil como en usuarios y el ministerio de trabajo de Brasil ha llegado a expedientar en más de 50 ocasiones a Zara por prácticas esclavistas y denigrantes, según recogen numerosas agencias y fuentes oficiales. Sin obviar que hace poco más de dos años todo ser humano sensible se llevó las manos a la cabeza con el derrumbe del Rana Plaza en Bangladesh, donde murieron más de 1.100 personas que trabajaban en condiciones laborales indignas cobrando alrededor de 80 céntimos de euro al día para empresas, entre otras, del grupo de Amancio Ortega.
     Tamaña indignación social supuso la tragedia que varias empresas firmaron un acuerdo de mejoras salariales en el país donde ahora se llega a la escandalosa suma de 68 dólares al mes, o sea, menos de dos euros por día, que sigue siendo el más bajo del mundo. La solución que en verdad han solido buscar los grupos textiles ha sido veloz: encontrar nuevos países de adopción donde el derecho laboral sea inexistente o casi nulo, tipo Camboya.

     Poco se oye de esto, o hacemos oídos sordos para seguir comprando barato a costa de lo que sea. Lo que sí que sale es que el señor Amancio donó el año pasado 20 millones de euros a Cáritas, y hace una semana 17 a la sanidad gallega para equipar los servicios de oncología, porque, como suele suceder a los multimillonarios les suele gustar mucho la caridad mal entendida, pues además de limpiar la imagen pública colabora ardorosamente en descuentos en los impuestos, si bien, sorprendentemente, a las marcas del grupo Inditex, por aquella idea muy generosa con quien más tiene de la doble declaración al estar en diversos países, Hacienda les devuelve dinero y tributan sólo el 5% de su capital.

   

     Por mi parte, prefiero no colaborar con los criterios de Inditex, como muchas otras empresas textiles tipo H&M, quienes luego ostentan una magnífica y falsa Responsabilidad Social Corporativa (RSC) en sus webs. Baste decir que la Campaña Ropa Limpia realizó una encuesta al sector textil allá por el 2011, año en el que ya se reflejaba condorosamente en el sitio de internet de Inditex la tal RSC, y el grupo fue instado a realizar compromisos serios respecto a su política:
     – El pago de un salario mínimo vital a las personas trabajadoras, tomando como referencia las cifras propuestas por el Asian Floor Wage Campaign.
     – La divulgación de su lista de proveedores, los resultados detallados de las auditorías realizadas y de las acciones correctivas acordadas con los proveedores en caso de resultados irregulares.
     – La adopción de medidas para garantizar que sus prácticas de compra y de gestión de la cadena de suministro no impactan negativamente sobre los derechos fundamentales de las personas trabajadoras.


     Como todos sabemos, luego sucedió lo de Bangladesh, que salió a la luz con mayor virulencia debido al ingente número de víctimas mortales, pues, en realidad, estos derrumbes y ‘accidentes’ son algo desgraciadamente común y repetido. Según datos de la Federación Nacional de Trabajadores del sector Textil de Bangladesh, en los últimos 15 años ha habido unos 600 muertos y 3.000 heridos en accidentes ocurridos en fábricas textiles (incendios o derrumbes) en el país asiático, entre ellos niños, algo nada destacable habida cuenta de que hace varios años el que fuera vicepresidente de Inditex considerara el trabajo infantil (hablar de esclavitud suena peor habida cuenta de las condiciones de sus fábricas subcontratadas) como un mal menor.

     Quien no desee enorgullecerse del primer puesto de don Amancio Ortega Gaona ni potenciar que personas como él cuyo principio es el dinero por encima de todo sigan inflando sus cuentas corrientes a costa del trabajo infantil, la explotación laboral y la falta de derechos en el trabajo… habrá de buscar otras opciones, porque haberlas haylas, como las meigas: comercio justo, prendas y calzado fabricados en España, intercambio, tiendas de segunda mano o de solidaridad… El resto, en cierta medida, puede brindar por el negocio, porque con sus compras también ha puesto su inestimable granito de arena.

Ley y justicia

Podría recurrir sensatamente a aquella norma atávica y común a toda cultura y ética -desde el Código de Manú hasta la Biblia-, la cual afirma sin remilgos que no debemos hacer a los demás aquello que no deseamos que nos hagan a nosotros mismos. Podría hacer mención incluso a que la vida es un derecho fundamental de todo individuo, de tal forma y manera que, cada estado ha de buscar subterfugios -y vaya si los encuentra- para poder dar muerte a un ser humano sin sentir por ello el vértigo de la conciencia. Podría decir…

     Pero en realidad, voy a recordar uno de los primeros capítulos de la serie El príncipe de Bel Air; aquél en el que Will acudiera por primera vez al College con una corbata que le caía por encima de la cara perfectamente anudada alrededor de la frente. El profesor se le acerca, claro, al contemplarle de tal guisa sentado en su pupitre de clase, y le espeta algo así:
     – Oiga, ¿qué hace con la corbata? ¿No ha leído el reglamento sobre el vestuario?
     En esto, Will, con cara divertida, extrae del bolso una especie de manual que abre por una de las páginas iniciales y contesta con academicismo.
     – ¿Se refiere a este artículo que explica que la corbata debe ir correctamente anudada, pero no dice dónde?

     Tiene la ley tantos vacíos y huecos que atenerse a ella con la firmeza y la inflexión de una tabla de planchar sin hacer antes uso de la sesera supone un desatino mayor que lanzar dardos a un botón de chaleco con los ojos vendados. Como la justicia.

      Y toda esta digresión viene a cuento tras el auto de la jueza María del Carmen Serván, quien instruía la causa de los 15 inmigrantes muertos en las costas del Tarajal, por el que, primero, archiva el caso liberando de toda responsabilidad a la Guardia Civil y, segundo, como, obviamente, la culpa siempre tiene que ser de alguien para que todo quede bien resuelto, el chivo expiatorio de turno -que suele hallarse en el miembro más débil- ha resultado ser el grupo de inmigrantes, por saltarse las reglas a fin de intentar vivir más dignamente. En palabras de la magistrada, notoriamente más objetivas que las mías aunque se me siguen abriendo con ellas las carnes: “los inmigrantes asumieron el riesgo de entrar ilegalmente en territorio español por el mar a nado, en avalancha y haciendo caso omiso a las actuaciones disuasorias tanto de las fuerzas marroquíes y de la Guardia Civil». Esto debe de significar entonces que si alguien realiza un acto ilegal -y no por ello ilícito, que esa es otra cuestión-, los cuerpos y fuerzas de ‘seguridad’ del estado están autorizados para usar todos los medios a su alcance para impedirlo, pues la culpa es de los otros, onde va a parar.
      Pero el aspecto que me resulta desalentador hasta la bilis no es en sí la muerte, por terrible que sea, sino que existan excusas legales para tal atrocidad y se hable de ellas con la impunidad de un asesino a sueldo. ¿Hay alguna lógica que justifique la certeza de que 15 seres humanos hallan perdido la vida mientras un grupo de supuestos defensores de la ley les lanzaba pelotas de goma, bombas de humo y no les auxiliaba cuando los contemplaban perder sus salvavidas y hundirse en el agua? ¿En serio que la señora Serván cree que esto es lo normal en las fronteras de un país civilizado y que los ‘negros ilegales’ tienen menos derechos a que se les respete que, por ejemplo, una casta de políticos a los que no se les puede ni rodear el Congreso so pena de ir a prisión? Coño, ¿que tiene más delito un escrache que la muerte de 15 inocentes?

     Esta es una forma de lo más digna de proteger la seguridad de la nación. Me imagino a un subsahariano viendo esta noticia en su país, y acojonado, seguro, negándose ya a venir, porque puede morir y quedar tal circunstancia impune. Como si los pobres africanos fueran subnormales y no supieran de antemano que el ahogamiento entra dentro de los planes, con una probabilidad muy elevada. Eso sí, al menos ya no sufrirán el bombardeo de pelotas de goma en mitad del mar, por mucho que no pasara nada al no estar prohibido legalmente por aquel entonces no demasiado lejano, pues a raíz de lo sucedido en el Tarajal ya no pueden usarse en el agua. Sólo podrán lanzárselas a la cara con sensibilidad inaudita si se les ocurre escalar las concertinas.

La fe mostrenca

    Me peta compartir con niños y mayores, altos y bajos, creyentes y agnósticos, sabios e ignorantes el inmenso descubrimiento hecho por mi persona -inculta a todas luces- acerca de la numeraria del Opus Dei, la sierva de Dios Encarnita Ortega Pardo, en proceso de canonización desde tiempos inmemoriales y uno de cuyos favores (es decir hechos extraordinarios concedidos por la susodicha tras rezarle unos salmos) transcribo textualmente, no vaya a ser que algún ingrato de fe desagradecida, piense que estoy exagerando. Hay muchos, pero este se lleva la palma:

“Tenía que comprarme unos zapatos. No podía gastar mucho dinero y los quería de un modo concreto. Lo intenté varias veces sin conseguirlo. Pedí con fe a Encarnita y me llevó a una tienda que cumplía mis exigencias” (I.M.B.)

Carta del apóstol Santiago 2, 15

Publicado sin el más mínimo rubor en el propio panfleto por la causa de Encarnita Ortega. Cuando al lector se le pase la risa, el pasmo o ambas cosas en su defecto, sabrá que poco más sería preciso comentar al respecto, y por tal motivo no haremos leña del árbol caído en sí, pero no dejaría de sentirme un absoluto pusilánime si, al menos, no me digno a compartir de igual modo determinadas conclusiones, porque detrás de tamaña memez entrecomillada hay una terrible y profunda ideología y forma de afrontar el mundo.

El jueves, una semana más, abrí la oficina de Cáritas con relativo entusiasmo, habida cuenta de que habría de atender a 20 familias, la mayor parte en situación de marginalidad y de exclusión social. Se agolpaban a la entrada de la cancela de hierro como pobres gentes a la espera de un plato de sopa.

Por resumir, así a bote pronto y sin entrar en detalles escabrosos. Una de las personas que acudieron a la oficina, una chica de apenas 30 años con tres hijos menores y que se puso a llorar a los dos minutos de entrar, debía varios recibos de la luz y del agua, apenas tenía para comer porque en su casa no había ingresos fijos y cuando llevaba algo de calderilla de las horas que echaba limpiando portales dos días por semana se lo rapiñaba el marido, maltratador y toxicómano, para irse solo o acompañado a por grifa, caballo o lo que bien pudiera parecerle. Por su parte, una mujer aún más joven, iba acompañada de su hijo mediano de unos cuatro años, y acurrucado entre sus brazos llevaba un bebé de 20 días, abandonados ambos por el progenitor y que habían tenido que mudarse a casa de la madre al carecer de ninguna ayuda económica y no tener dinero ni para pañales. La tercera de la tarde, se hallaba embarazada de siete meses y el padre, al igual que en la situación anterior cual si fueran hermanos siameses, por segunda vez consecutiva la dejó en estado después de regresar a casa con pena y disgusto por sus malas acciones, pidiendo repetidamente perdón, para largarse como un irracional macho alfa a los cuatro días sin aportar a la economía otra cosa que unos calzones sucios y una voz aguardentosa. Otras dos familias malvivían en dos locales sin muebles, luz ni agua corriente que se precie; ambas también sin recursos económicos.

Y digo yo, ¿tan poco sufrimiento ha pasado alguien a lo largo de su vida, tan escaso dolor ha visto reflejado en los rostros ajenos que se le ocurre pedir un favor por unos putos zapatos vete tú a saber de qué precio y que tenían que cumplir con determinadas exigencias? Que Dios me perdone, pero si es verdad que la tal Encarnita le consiguió esos puñeteros zapatos del demonio mientras hay decenas de personas que no tienen ni donde caerse muertas es que es una grandísima hija de puta.

La otra opción, que me parece más viable, es que la fe mostrada en su petición por esta señora (digo yo, cargado de prejuicios, que lo mismo la I de la inicial es de Ildefonso) es inefable, mostrenca, absurda y ajustada a unos parámetros atildados que le impiden mover un dedo en favor de la solidaridad, a menos que esta consista puramente en rezarle otros tantos salmos a la Encarnita para que Dios se apiade de los pobres, aunque no tengan zapatos que ponerse.

Coto privado

Las vacaciones, aparte de gozar con el inabarcable privilegio de servir como descanso del guerrero y reponer fuerzas para el fresco combate de un nuevo curso, nos enseñan algunos detalles a tener en cuenta para que esa lucha, generalmente desigual, entre el ser humano y el mundo sea algo más equilibrada o, al menos, se reduzcan los daños.

Cuatro días en el Parque Nacional de Cazorla, Segura y Las Villas, declarado en un principio Coto Privado de Caza en los años 50 por cuenta del Generalísimo -aspecto que da pábulo a alguna que otra reflexión actual- no a fin de proteger las especies animales sino para poder endosarle tiros a ciervos, jabalíes, gamos y demás bestias (mal término referiéndonos a estos últimos) a mansalva; comentaba pues que, cuatro días allí, dan para mucho.

Nacimiento del Guadalquivir

La naturaleza es sabia por naturaleza, valga la redundancia, y el primer golpe de efecto te lo planta en la cara el nacimiento del río Guadalquivir, ya que, tras unos catorce kilómetros por la ruta medianamente ascendente que conduce desde el Puente de las Herrerías hasta dicho origen, a uno le cuesta hallar de dónde leches mana el río de marras, aun estando dispuesto para tal fin un cartelito la mar de resultón. Y es que, bajo una piedra, sin llegar siquiera a borbotón, surge un minúsculo hilo de agua de patético cauce que, por obra y gracia de una extraña voluntad, a su paso por Sevilla llega a ser navegable. Por algo lo llamaron los árabes al-wādi al-kabīr, el río grande.
Primera lección: un titubeante comienzo no conlleva necesariamente un final desastroso ni mucho menos ignoto.

Luego llegó el paisaje escalofriante de la ruta que conduce al nacimiento del Borosa y que, en época de lluvias debe de ser para sufrir el síndrome de Stendhal con tanta hermosura. A unos tres kilómetros y medio da comienzo la Cerrada de Elías, un exquisito cañón natural formado por la erosión de las montañas que, a lo largo de millones de años, ha ocasionado el curso del río en las paredes rocosas.
Segunda lección: hay que ser pacientes como el agua, e igual de firmes.

Cascada del Río Borosa

El último aprendizaje concedido de manera gratuita por la biodiversidad se aprecia sin demasiado esfuerzo contemplando la fauna, y puede ser objeto de un doble rasero. La absoluta seguridad que muestran los animales respecto a que no van a sufrir ningún daño por parte de la raza humana es tan hermosa como preocupante. Al lado de la carretera, manducando restos de las sobras de alimentos de un bar que seguramente lo hace con genuina cotidianidad, pueden verse ciervos y jabalíes; zorros te siguen impávidos por los senderos, con cara triste, a la espera de algún presente… ¿Son estas especies realmente silvestres o están tan acomodadas al género humano que muchas de ellas no podrían sobrevivir fuera del parque nacional? Durante la visita en un trenecito por el Parque Cinegético “Collado del Almendral” un ciervo nacido en cautividad siguió al vehículo a lo largo de todo el trayecto; al alcanzar el sector de los cérvidos se sentía incapaz de relacionarse con los miembros de su especie, e incluso los machos lo expulsaban de la zona de los abrevaderos sin la más mínima defensa del ultrajado.
Tercera lección: no dejarse amaestrar so pena de perder la libertad y la independencia y empezar a comer sólo de la mano del amo.

También dio tiempo de sacar tajada de los seres humanos. Tan importantes o más que la extraída de nuestros hermanos no racionales, si bien en ocasiones pueden parecerlo más.
De las más concluyentes sin duda fue que si alguien -o un grupo humano- está convencido plenamente de la importancia de saltarse una norma, lo mismo da que un letrero de dos metros cuadrados le diga que está prohibido bañarse en todo el cauce del Borosa con el fin de proteger la fauna y las especies de la zona. A punto estuve incluso de poner una denuncia ante los agentes forestales, hasta que vi a mi regreso a uno de ellos en el inicio de la ruta, a las seis y pico de la tarde, con su furgonetilla de la Junta, cruzado de brazos sonriente mientras decenas de bañistas sacaban sus fiambreras, toallas y demás parafernalia de los vehículos y tomaban rumbo a las aguas límpidas del río. Por un momento pensé que si toda esa peña insumisa hiciera lo mismo con aquellas leyes que iban en contra de sus intereses (trabajo precario, reducción de prestaciones por desempleo, co-pago sanitario, retirada de becas…) el país sería otro distinto. Claro, que lo mismo si uno se salta esas normas el agente de turno no te ríe la gracia.
Primera lección: sáltate las normas sólo si son una memez y no vas a tener consecuencias; lo que opinaba Emerson, que “las coherencias tontas son la obsesión de las mentes ruines”.

En segundo lugar, no por ello menos importante, que el agua embotellada de Lanjarón pertenece a Danone y que, por algo será que la empresa en cuestión esconde el logo en el interior de la etiqueta en sus envases de cristal y no lo coloca por fuera; o que la tan natural y sencilla de Sierra de Cazorla depende de Explotaciones Internacionales Acuíferas S.A., con un capital social de cerca de 5.500.000 euros, con sede en Móstoles y que es patrocinadora de la RFEC y cuenta con otro tipo de bebidas, incluso isotónicas fabricadas con el agua del manantial. Serán esas vainas de la privatización del agua.
Y ya de paso, que el ayuntamiento de Hornos de Segura, en un año sin sequía, ha dejado sin agua de riego a media población que se dedica a la agricultura, por un acuerdo económico con la Diputación de Jaén.
Segunda lección: es casi mejor beber Coca-cola que agua embotellada.

     No quisiera terminar sin la tercera lección, que vendría a retomar aquella idea primera del Coto Privado de Don Francisco Franco Bahamondes. En el recorrido de un sendero poco transitado, una cierva y dos venados de menor tamaño -uno de ellos probablemente la cría-, se asustan y, aunque trato de ocultarme, el miembro adulto salta una enorme valla de alambre que separa fincas; el de tamaño medio apenas tarda un minuto en hallar un lugar idóneo, algo más menudo para hacer lo propio, pero el pequeño, mientras la cierva lo observa pegada al otro lado de la barrera nada natural, se pone nervioso al comprobar que no tiene suficiente fuerza para saltar y como un poseso comienza a lanzarse contra el cercado una y otra vez enganchándose en varias ocasiones una de las patas delanteras hasta que está a punto de rompérselas. Finalmente huye en otra dirección.
Esta concluyente lección es de lo más seria: los cérvidos buscaban salvación, sin otra impostada motivación que provenga de intereses foráneos. La casta Europa valla el continente, como si la tierra fuera suya igual que ese Coto Privado del Generalísimo y en virtud de decenas de intereses que nunca asumo ni asumiré, porque en tanto, hay miles de seres humanos que no cejan de golpearse contra la puta valla en busca de una salvación que también se les niega.

Buen curso. Y a ser pacientes como el agua, que el principio está siendo tan desalentador como el nacimiento del Río Grande.