Acerca de Rafa Poverello

Más allá de la falsedad del nombre, pues no soy pobre ni aunque quisiera en virtud del bagaje socio-cultural del que me es imposible escabullirme, mi espíritu anda de su lado, no porque sean buenos, sino porque se les trata injustamente.

La escudilla

    El príncipe Almir de Sián, aquella noche, tuvo una visión. Al despertar, considerando el sueño, razonó para sus adentros como sus palacios, mujeres, ricas joyas y vestidos le apartaban de la libertad.

    Así fue como abandonando palacios, mujeres, ricas joyas y vestidos, huyó cual eremita al desierto donde vivía tan sólo con una escudilla.

    Y entonces, el príncipe Almir de Sián se hizo esclavo de su escudilla.

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¡Caracoles!

 caracoles    Seguro que la banalización del tema viene de lejos. De la tierna infancia y de Niebla, el perro de Heidi (o de su abuelo), al que le gustaba comerlos a diestro y siniestro. Sí, sí, quienes se acerquen a mi edad o la sobrepasen ligeramente sabrán a la perfección de qué hablo: los caracoles.

     El asuntillo no es que sea de suma importancia, pero como que me da musho coraje, que dicen mis paisanos y paisanas de por aquí, a la orilla del Guadalquivir. Es un poco mezcla de insensibilización y mentira camuflada.

     Respecto al primer punto, lo normal es que cuanto más grande sea un bicho más pena nos da, más subterfugios nos buscamos para ver como de lo más natural matarlo y comérnoslo a mandíbula batiente. Va a ser lo mismo una vaca, un cerdito o incluso un pollo que un miserable caracol. Para manducarse a un caracol (que, al fin y al cabo, no es más que una especie de babosa algo más bonita porque tiene concha) no hay que hacer de tripas corazón ni pensar si con su tamaño sufre o no sufre.

     Y ahora toca contar la historia de mi primer encuentro con un guiso casero de caracoles. Con una inconsciencia de la que costaría hacer gala, una amiga muy dada a la cocina y a los caracoles en salsa, se puso a guisarlos en mi casa dentro de una olla. No recuerdo qué leñes le surgió al inicio de la cocción que tuvo que salir durante un rato, y no tuvo otra idea más brillante que la de dejarme a mí, vegetariano de pro, a cargo de los curiosos moluscos. Como es bien sabido por los amantes de esta comida, a los caracoles hay que engañarlos (por lo que de entrada se da por hecho que tontos no son), bajar el fuego y cuando sienten el calor y sacan el cuerpo fuera de la concha para escapar de la olla, subir la cocción sin remilgos y asfixiarlos y abrasarlos. Cierto que no es preciso ser tan puntilloso, porque para algo dan en los puestos de venta unos mondadientes que ayuden a extraerlos cómodamente del interior de la concha. El caso es que cuando los bichitos comenzaron a sentir el calor salieron de su refugio para huir de la cazuela como alma que lleva el diablo y el trabajo del menda, al lado del guiso con cara de pena, consistía en irlos derribando de las paredes por las que trepaban para tratar de huir a fin de que se cociesen preceptivamente. Sigue leyendo

Actuación improvisada

Pues nada, que ayer fui a ver a mi sobri por los cuatrocientos años de la Fundación de la Congregación que dirige su cole y aquí te pillo, aquí te mato. Un temita sobre la marcha.

     Me lo pasé bien, y me reí mucho con la actuación de algunos padres sin la más mínima vergüenza.

     Mi sobri me acompañó con la pandereta, pero no me dejan poner foto. A ver, cosas de los menores.

     Muy mayo cordobés todo, como podéis ver.

Recursos (in)Humanos

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Empathy and Emotional Intelligence by Roy Blumenthal

SECCIÓN DE RECURSOS HUMANOS*

Versión 1:

Trabajador/a X: hola, quería consultarle si podía pedir un día de asuntos propios para mañana. He tenido algunos problemas personales y…
Recursos Humanos: no, no es posible. Es obligatorio solicitar los días de asuntos propios con al menos 15 días de antelación. Figura en el convenio, en el apartado de licencias retribuidas.
Trabajador/a X: es que es muy urgente, ¿no podría hacer una excepción? Aunque sea sin cobrar el día.
Recursos Humanos: no, si hago una excepción contigo mañana cualquier compañero se creerá con el mismo derecho y vendrá a solicitarme otra cosa. Para otra ocasión hazlo con la debida antelación.
Trabajador/a: adiós.
Recursos Humanos: hasta luego.

Versión 2:

Conchi: Javi, ¿podría pedirme mañana de asuntos propios?
Javi: ¿ha pasado algo? Estás rara.
Conchi: mi marido, que ha intentado suicidarse.
Javi: Pero… ¿no estaba ya mejor? Lo siento.
Conchi: sí, ya no bebe, pero los problemas económicos que estamos teniendo le están agobiando y esta mañana se ha tomado un bote de pastillas. Me han dicho que le dan el alta esta noche, pero que sería recomendable que alguien estuviera con él las próximas 24 horas y no quiero dejarlo solo por las noches.
Javi: no te preocupes, lo importante es que estés con él ¿Cuando entrabas de turno?
Conchi: mañana, de turno de noche.
Javi: pues ya está, llamo a Ana que te sustituya.
Conchi: que si tengo que cambiar turno no pasa nada. O devolverte las horas.
Javi: no, no, ya vemos cómo lo hacemos, pero no te preocupes. Y si necesitas otro día me vas diciendo cómo vais.
Conchi: gracias, Javi.
Javi: para eso estamos.

     ¿Qué hay distinto en ambas versiones de la misma historia?

     Invito al personal a repensar detenidamente sobre las posibles diferencias -que van muchísimo más allá del resultado- y a discernir si en ellas puede residir en buena medida un enfoque u otro.

     El funcionamiento de Recursos Humanos de las empresas es el paradigma de la sociedad impersonal, robótica, capitalista y neoliberal en la que estamos inmersos y que somos hasta capaces de normalizar y asumir como el menor de los males posibles. Porque si no, todo el monte sería orégano. Aunque si todo fuera orégano, en realidad tampoco iba a salir perdiendo yo. Sigue leyendo