Acerca de Rafa Poverello

Más allá de la falsedad del nombre, pues no soy pobre ni aunque quisiera en virtud del bagaje socio-cultural del que me es imposible escabullirme, mi espíritu anda de su lado, no porque sean buenos, sino porque se les trata injustamente.

Sufridores natos

    Después de años, resultó que tuvo que ser el lunes pasado el primero en la larga historia del blog en el que no subí ninguna entrada (si no contamos las vacaciones, claro). Aparte del cansancio acumulado que llevo, estaba tan saturado mentalmente y con un cabreo interno tan poco saludable que solo me surgían amalgamas de naderías. El coronavirus tenía algo que ver, aunque todavía, en Córdoba, no nos habíamos vuelto paranoicos y podíamos darnos besos y abrazos sin que te miraran con cara rara y sintieras que estabas comportándote como un irresponsable. Porque, más allá de la sana preocupación y de que no hemos de obviar medidas lógicas de seguridad, al final, como siempre, la culpa del coronavirus y de su expansión es únicamente del españolito de a pie que le da por salir de casa y por asaltar los supermercados sin darse cuenta de que pueden contagiar a propios y extraños. Pero a lo mejor lo que le preocupa al Estado del «bienestar» (perdonen las comillas) es que se colapse el sistema público de salud, maltratado y maltrecho con tanto apoyo a la privada que, por cierto, hasta que no ha sido declarado el estado de emergencia, no había sido obligada a compartir recursos como si no recibiera subvenciones ni tuviera convenios. #QuedateEnCasa, rezaba el hashtag surgido de la sanidad pública de Madrid. Normal que lo apoye todo el personal sanitario que están hasta la bola, aunque, sin por ello restarle importancia, el índice de letalidad del COVID-19 en personas reconocidas como infectadas es del 0,7% según la OMS. Y es importante señalar lo de reconocidas como infectadas porque, como pasa con otras enfermedades víricas, mucha gente infectada no lo sabe por lo que, según la mayoría de personas expertas en epidemiología, el porcentaje real de letalidad sería inferior. Es decir, el #QuedateEnCasa no significa, como parecen transmitir en todas partes, que vas a impedir que la peña la palme, sino que se den un paseo a urgencias. ¿Es absurdo quedarse en casa? Pues no, pero que quede claro que es un chute de realismo ante la situación de nuestro sistema sanitario que, encima, se encuentra en el top 10 de los mejores del mundo y hasta podríamos sacar pecho. Estados Unidos, sin sanidad pública y sin derecho a baja laboral por enfermedad, se ha convertido en una bomba de relojería en relación al coronavirus. Sigue leyendo

«Cuatro días más»

     Hay canciones de esas que cuando las escuchas después de un tiempo parece que las ha compuesto otra persona.

     Hay canciones que todavía le hacen a uno sufrir. Aunque sea un poco. Aunque sea en sonido de maqueta.

 

CUATRO DÍAS MÁS

Necesito creer que eres un sueño

Para poder vivir cuando estoy despierto,

Vamos juntos hasta Finisterre,

Una vez te has perdido ya no te pierdes.

 

Cuatro días más, dices, no son nada;

Pero el Obradoiro me apaga el alma.

Cuatro días más son toda una vida,

Al despedirme de ti,

Moriría.

 

Tu latido y tu aliento queman por dentro,

Lo prohibido es vencido por el deseo,

Nuestro abrazo que funde y que rompe

Tu alianza y la mía con otros nombres.

 

Cuatro días más…

Cuatro días más…

Al separarte de mí,

Me moriría (tris)

«Beloved» (1987)

Margaret Garner or The Modern Medea, by Thomas Satterwhite Noble

     Cuando Toni Morrison concedió su primera entrevista tras recibir el Nobel de literatura en 1993 tuvo que corregir al tipo que tenía enfrente:

     «No me llame norteamericana, soy afroamericana».

     Tal obviedad a la hora de no olvidar sus raíces, así como su ascendencia humilde y de clase trabajadora, es un aspecto íntimo, no simplemente trasversal, en toda la obra de la escritora estadounidense. Nacida en Ohio bajo el nombre de Chloe Ardelia Wofford, su seudónimo proviene del segundo nombre con el que fue bautizada, Anthony, y del apellido de su marido, el arquitecto Jamaicano Harold Morrison, de quien se separó en 1964 quedándose a cargo de los dos hijos que tuvieron en común.

     Morrison, con un estilo que no resulta descabellado comparar con el de William Faulkner, no escribe sobre afrodescendientes, sobre racismo o sobre esclavitud, sino para afrodescendientes que han sufrido el racismo y la esclavitud. Pocas veces he sentido con igual intensidad mientras leía una novela la necesidad de tener a mano una libreta e ir anotando frases y hasta párrafos completos que destilan tanta sensibilidad como dolor desde el conocimiento de causa. «Beloved», basada libremente en la historia de Margaret Garner, una mujer de color que escapó de la esclavitud en Kentucky en 1856, y por la que Morrison recibió el premio Pulitzer en 1988, es el paradigma de ello: una historia terrible, absolutamente trágica como la mayoría de las obras del escritor sureño, que quizá es imposible de comprender en toda su profundidad si no se es madre, negra y esclava.

«Había una vez una mujer anciana. Ciega. Sabia.

En la versión que conozco la mujer es hija de esclavos, negra, americana y vive sola en una pequeña casa afuera del pueblo. Su reputación respecto de su sabiduría no tiene par y es incuestionable. Entre su gente ella es a la vez la ley y su transgresión. El honor y el respeto que le tienen, va hasta mucho más allá de su pueblo; llega hasta la ciudad donde la inteligencia de los profetas rurales es una fuente de mucho asombro».

     Con estas palabras prácticamente comenzaba el discurso de Toni Morrison en 1993 cuando recibió el galardón de la academia sueca, y tiene toda la pinta de que Baby Suggs, la abuela de Beloved, e incluso la propia abuela de Chloe Ardelia, sean esa mujer anciana ciega y sabia, hija de esclavos, negra, americana y que vive sola. Sigue leyendo

Prohibir el suicidio

    A todas y cada una de las almas de bien pro-vida, repletas de preocupación por la dignidad de todo ser humano, y de manera preferencial de aquellas personas con paraplejía, tetraplejía o enfermedad terminal que deben de vivir por cojones (o porque lo dice Dios Todopoderoso, que no sé qué es peor).

    Tengo una mala noticia que transmitiros. Mala no, nefasta. Allá voy, y espero que sepáis entender que esta información la digo por un bien, porque se os escapan las mejores y algo habrá que hacer: el suicidio no es delito en España; digo más, la tentativa de suicidio, tampoco.

    Ya, habráse visto, ¿verdad? Vergüenza de país. ¿Cómo es posible que cualquiera pueda tirarse por un balcón, colgarse de una viga, cortarse las venas o tragarse un bote de pastillas y que nadie haga nada? Además es la primera causa de muerte no natural en España: cerca de 3.700 personas se quitaron la vida en 2017 (que suele ser la media anual) y, encima, ¡la mayoría hombres! ¡Un 70%! Y vosotros, peña de la derecha y de la ultraderecha, preocupados por la minucia de la eutanasia y el suicidio asistido. Moco de pavo, lo que hay que hacer es legislar cuanto antes para que el suicidio esté penado, y ¿qué más dan las causas (desahucios, situación de paro, pobreza, exclusión…)? Lo importante es la sacralidad del derecho a la vida. Que te tiras de un puente y sobrevives, al talego, hubieras estado más espabilao y te hubieses lanzado desde un noveno piso. Lo que no puede permitirse en una democracia que se precie de serlo es que casi todo el mundo se pueda suicidar cómodamente sin tener consecuencias penales y ahora nos dediquemos a condenar sin tapujos a otra parte de la población que para poder hacerlo necesita un empujoncito (perdonad el chiste fácil, pero es que venía a huevo). Sigue leyendo