Acerca de Rafa Poverello

Más allá de la falsedad del nombre, pues no soy pobre ni aunque quisiera en virtud del bagaje socio-cultural del que me es imposible escabullirme, mi espíritu anda de su lado, no porque sean buenos, sino porque se les trata injustamente.

Alexander Pope

Alexander Pope

A la poesía en una lengua ajena a la mía le digo en símil lo que Cyrano a Roxana: “No, amor mío, nunca te he querido.” La odio con todo el amor del que soy capaz. El motivo es obvio: mientras domino medianamente el idioma de Cervantes, el de Shakespeare (por atenerme al caso que nos ocupa) me domina a mí ampliamente y sin el más mínimo esfuerzo. Un claro y devastador ejemplo del extravagante ejercicio de inutilidad al que sometieron a mi generación con el consabido método ‘listen and repeat’. Ocho años de inglés tirados a la basura, y encima en un colegio ‘de pago’.

Traduttore, traditore. De esto me acuerdo mucho más con la poesía, claro, sobre todo cuando es de un perfeccionismo métrico, de rima y de ritmo que ralla la obsesión. Pope, vamos, como el absoluto paradigma de a lo que, siempre según su opinión, debe aspirar la poesía sin confundirlo con la necedad y al que dedicó toda su vida y obra. Es más que probable que para él ni Lope ni Calderón -con su estilismo de Siglo de Oro- sobrevivieran a la crueldad de este epigrama dedicado a ‘los suyos’ y extraído de su obra satírica ‘La Dunciada’:

«Sir, I admit your general rule,
That every poet is a fool.
But you yourself may serve to show it,
Every fool is not a poet.»

(“Señor, yo admito su regla general,
de que todo poeta es un tonto,
pero usted mismo puede servir para mostrar,
que cualquier tonto no es un poeta.”)



Mi atracción por Pope, amigo íntimo de Swift con quien compartía bando, sentido del humor y enemigos, surgió casi como un contratiempo. Leía a Hawthorne cuando en uno de los capítulos de ‘La casa de los siete tejados’ nombraba a este traductor y poeta, aparecían algunos de sus versos y hablaba de él el editor a pie de página. Luego me lo topé correlativamente en las obras de Machen, Asimov, Dickens… Incluso el título original de la excelente película de Gondry “Olvídate de mí” (Eternal Sunshine of the Spotless Mind – Eterno resplandor de la mente inmaculada) procede de uno de los versos de su extenso poema ‘Eloísa de Abelardo’. Pope es un ‘pope’ en Inglaterra, uno de los pocos autores de esos siglos que puede presumir de haber vivido sobradamente en vida sin la necesidad de mecenazgo gracias a sus traducciones de la “Odisea” y la “Ilíada”; sin embargo a excepción de sus “Cantos pastorales” -publicados hace algunos años junto con otros poemas menos acertados dentro del conjunto de su obra- no existe nada en castellano más allá de traducciones y ediciones de mediados del siglo XIX, como es el caso de su más conocido poema ‘El rizo robado’, o muy anteriores, como las diferentes versiones y revisiones sobre los amores antes mencionados de ‘Eloísa de Abelardo’.

Difícil acertar sobre los motivos de este casi anonimato. Uno de ellos podría ser la dificultad de actualizar los textos a un lenguaje más asequible e intentar a la vez ser fiel a un poeta puntilloso al máximo. Todos los poemas que he tenido la oportunidad de leer, a excepción de los epigramas, están construidos en perfectos pareados endecasílabos de rima consonante y con escasos versos encadenados, lo que confiere a su estilo un ritmo y una cadencia exquisita en su idioma original. Pero he aquí lo expuesto: Traduttore, traditore. U optas por una traducción literal en prosa o verso libre de los textos o por una adaptación rimada, como la ardua tarea acometida por el doctor Graciliano Afonzo para ‘El rizo robado’, pero ni eran pareados, ni todos endecasílabos o consonantes e incluso había versos sueltos. Aparte de estas limitaciones técnicas tampoco ayuda a la reedición de sus obras lo poco atractivo que pueden resultar algunos de sus temas para el lector del siglo XX-XXI (como sucede realmente con muchos autores teatrales en verso de este país, incluidos los antes mencionados Lope y Calderón), sobre todo el amor bucólico de los ‘Cantos pastorales’ así como la égloga de ‘El Mesías’ o la oda ‘El poder de la música’ (los tres dentro de la edición junto con el poema descriptivo y bastante soso ‘El bosque de Windsor’) y que sorpresivamente es lo único reeditado de su producción. Los poemas epistolares de Eloísa y Abelardo no soy capaz de verlos de igual modo, tal vez por ser el poema que he leído en varias versiones así como su versión original (enterándome de bastante poco, sí, más allá del ritmo y la cadencia) y por cuyo motivo es posiblemente al que más calidad le he encontrado sin ser el más llamativo y que más me haya atraído. Este privilegio se lo lleva sin duda ‘El rizo robado’, del que también leí algunas partes en inglés y de su versión en verso libre. Lo que más llama la atención de esta composición es su argumento, crítica satírica y feroz a determinados aspectos sociales de la época, y su rabiosa actualidad si somos capaces de extraerlo de su contexto. En cualquier baile de salón (discoteca) el más nimio de los incidentes, como es en este caso la pérdida de un rizo cortado (el número de un teléfono móvil) lo convertimos en virtud de la necesidad -hombres y mujeres- en un triunfo o en una verdadera tragedia de tintes epopéyicos. Como la reseña se está haciendo igualmente ‘epopéyica’ termino con unos versos de esta última obra que dan a entender las limitaciones reales con las que se encuentra un redomado inculto monolingüe como yo a la hora de afrontar y valorar en su justa medida un texto literario en otra lengua.

Inmensas multitudes se ven por todas partes,
De cuerpos transformados en cóleras diversas.
Aquí teteras vivas con un brazo extendido,
El otro recogido; el asa éste y aquél el pitorro:
Allí un puchero avanza, cual trípode de Homero;
Aquí supira un jarro, y allá una urraca habla;
Los hombres paren hijos, en portentosa hazaña,
Y las jóvenes, convertidas en botellas, piden a gritos un corcho.

(Unnumber’d Throngs on ev’ry side are seen
Of Bodies chang’d to various Forms by Spleen.
Here living Teapots stand, one Arm held out,
One bent; the Handle this, and that the Spout:
A Pipkin there like Homer’s Tripod walks;
Here sighs a Jar, and there a Goose Pie talks;
Men prove with Child, as pow’rful Fancy works,
And Maids turn’d Bottels, call aloud for Corks.)



En fin, si os quedaron ganas (necesarias a mi entender) leed a Alexander Pope, quien diseñó un estilo de poesía que entre sus contemporáneos nadie se atrevió a discutir; tal vez por temor a sus epigramas y su colega Swift.

«Paracuellos» (1977-2003)

1No me impactó “Paracuellos”, y no es ni un reproche ni una decepción, sino todo lo contrario. Ya hubiese querido yo cabrearme, sentirme impotente y que se me quedaran los ojos como platos -que motivos haylos- en lugar de que lo único que me dejaran de piedra fueran mis propios recuerdos.

No soy hijo de la posguerra, eran finales de los 70, aunque también algún que otro maestro nos hacía cantar aún el Cara al Sol antes de cada clase. Entre 8 y 10 años iba teniendo, un colegio privado y un sacerdote de apellido tan incongruente como sarcástico, el padre Paz. Los alumnos internos lo odiaban a tan alto nivel como le temían, los externos tal vez nos aferrábamos más a lo segundo. No sé si el padre Rodríguez, director del Auxilio Social Paracuellos, inventó la bofetada a dos manos, lo que tengo por seguro es que el padre Paz o leyó “Paracuellos” o estudió en el mismo seminario que el susodicho. En una ocasión nos hizo ir corriendo al patio, formar (ni recuerdo bien por qué, tal vez alguno de mis compis había dicho alguna burrada) y empezó a dar tortas a dos manos sin parar del primero hasta el último. Ninguno nos caímos; sería el efecto ese tan característico del que hablaba el director de Paracuellos: a dos manos el niño no se cae y le puedes seguir ‘guanteando’. En una de esas, ya en clase de Ciencias (gracias a Dios de las pocas asignatura que nos daba), hizo sangrar el oído de uno que no supo contestarle ‘bien’ a una pregunta. Incontestable fue ese día que llegó a clase con el alma dividida -en el caso de que tuviese alma, claro-: “Hoy estoy contento y triste. Contento porque todos habéis aprobado el examen, y triste porque no puedo pegar a nadie. Así que voy a dejar caer los folios de examen, el que no los coja antes de llegar al suelo cobra.” Los de las últimas filas cobraron todos. Mi mala suerte es que mi apellido empieza por la erre y nos sentábamos por orden alfabético.

También nos reíamos, sin malicia o con alguna, pues siempre había alguien más tonto que uno al que amarrarse para servirte de chivo expiatorio-, y Carlos Giménez lo cuenta todo con una naturalidad y un realismo tan pasmosos, lo bueno y lo peor, que tan sólo queda hundirse en el sillón y no saber si reír o sonarte el moco con su dibujo sin fisuras, de una técnica impagable, cuyo estilo humorístico contrasta maquiavélicamente en multitud de ocasiones con la verdad contada. ¡Qué doloroso suele ser lo autobiográfico por más humor que le metas!

Un pero, con diferencia me parecen más completas y originales las tiras de los primeros años, cuando la planificación de viñetas era exactamente idéntica en cada episodio, las historietas más breves y directas y resultaban de una curiosa originalidad. Cuando comenzó a despertarse el dragón, poco a poco Giménez va concediéndose más licencias habituales en los cómics de publicación continuada y al ser las “desventuras” algo más largas pierden fuerza y se ve obligado a recuperar algunas peripecias anteriores para hacer comprender la situación personal, el carácter y el devenir de sus personajes a los incipientes lectores. Maravillosa su propia caricatura como Pablito, el que mejor pinta del “Hogar” siempre entrecomillado, altamente inspirado por “El cachorro” de Iranzo que tan decisivo fue en la opción de Giménez como dibujante de tebeos. El segundo pero es más personal. No me puedo creer que en 600 páginas de viñetas e historias tan sólo decida meter a una buena persona dentro de la élite del “Hogar”, y encima sea una jovenzuela de pasado triste, antigua superviviente de los Auxilios Sociales y a la que echan después de un único y sintomático episodio. ¡Qué dolor!

Hace unos meses celebramos en el cole el 25 aniversario de mi Promoción. Muchos no fueron auspiciados y condenados por los malos recuerdos. El resto nos acordamos del padre Paz y todos debimos vivir un Paracuellos; lo que más nos surgía era el grito divertido e impotente de tantos compañeros de Pablito tras las puertas del Auxilio Social: “El padre Paz… mecagoensuputamadreeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee, desgraciaodemierdaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa”.

12 de octubre (III)

 Racism by Eibography

Racism by Eibography

Irreal eterno retorno.

Luego se presentó como ese vulgar ladrón el certero golpe que me fracturó varias costillas. Alguna, ingrata, se vio obligada a incrustarse en un pulmón y al tiempo que saqueaba mi ilusionada respiración la confió a intermitentes latidos de ritmo inconstante.

Es cierto que en el momento invertebrado de la muerte, los hechos y deshechos de nuestra cotidiana vida aparecen fantasmagóricamente ante los ojos como un abisal flash fotográfico. No es un deseo consciente, ni una pretensión que sirva de excusa perfecta para dar sentido a medio siglo de esperanzas y despropósitos. Ojalá fuera así, porque a mí, ese microsegundo de imágenes atropelladas, únicamente me ha servido para reconocer sin dudar lo execrable de la muerte de la que me han hecho víctima, que no mártir. Y comencé a caer en la tentación de pensar, lo cual, en instantes extremos como el mío, siempre lleva a retorcidas preguntas de dudosa respuesta: ¿Qué es lo que odian de mi raza? E injustamente, como si fuera un niño al que le roban su más egoísta posesión, me acosó una horrible presunción. Yo no soy como otros, tengo un pasado de relativo glamour dentro de lo que podría suponerse. Me doctoré en Filosofía y he pasado los últimos 15 años de mi poco tediosa vida impartiendo clases en la Universidad a jóvenes blancos y occidentales. ¿Habría sido salvado de la hoguera por parte de mis jueces y verdugos si hubieran conocido este simple y hasta ridículo dato curricular? Touché. El único reconocimiento académico del que me he hecho merecido candidato y que ni el propio Freüd, en sus peores años se atrevería a regalarme tras mi ridícula disertación, es el doctorado honoris causa en infantilismo crónico. Póstumo. A mi tribunal popular no le importa la cultura, además es probable que osen reducirla al inane concepto no-globalizado de patria, que suele ser el último refugio de los canallas que apuntó el Dr. Johnson. ¿Qué odian de mi raza? No odian nada de mi raza. ¡Odian mi raza! Por ser más o menos inteligente que la suya, más o menos abierta que la suya, más o menos rica que la suya… En definitiva, por el mero hecho de ser diferente a la suya. Necios, sólo hay una raza en nosotros, la humana, el resto son etnias. Mis inquisidores, hijos de Caín, ¿habéis oído nombrar a Adán y a Eva? También Génesis. Ellos no fueron blancos, aunque sí humanos, y afortunadamente nadie los mató.

12 de octubre. Conquistadores de muerte, me habéis hecho descubrir un Nuevo Mundo. De querubines y de ánimas. Una vez más por medio del escarnio. Pero ahora, ni yo ni nadie, os confunde con dioses hipomorfos caídos de un cielo que acierto a descubrir más profano y abrasador que el mismo Hades. Y casi divinos, o aún de mayor valor, han sido los metales preciosos que hoy os habéis abrogado el derecho de usurpar: mis años dorados y la plata de unas bodas que ya no podré cumplir el próximo invierno. Físicamente al menos, porque pudiera suceder, conforme a la nefasta hipótesis formulada por Murphy, que esta misma noche de obscuro tono gris aciago, mientras pasee por el dantesco Paraíso del éter con un fundado desasosiego, descubra con probable y temido horror las numinosas figuras de mi mujer y de mi hija, los últimos seres que, entre sollozos secos, buscó mi cómplice mirada y logró ver aún vivos en la penumbra del parque antes del inesperado empujón definitivo que me llevó al desconocido camino del vacío y de la fe.
Empíricamente contrastado: cuando las cosas no pueden ir a peor, irán.

Pero en fin, mis criminales de cruz gamada no tuvieron ni tendrán la suerte infinita que esperaban. En este incólume lugar al que optaron enviarme, tan lejos de cualquier categoría, los ángeles y las almas no tienen color.

FIN DEL RELATO

«Masacre, ven y mira» (1985)

Come and see 1986, by mihenator

Come and see 1986, by mihenator

En 1985, recién estrenado en su cargo de Secretario General del Partido Comunista, Mikhail Gorbachov, dando ya muestras de una nueva etapa de apertura y eclosión de libertades, encarga a Elim Klimov, un director que pasaba de los cincuenta años y varias de cuyas películas habían sido censuradas por el régimen soviético, un filme para celebrar el cuarenta aniversario de la victoria aliada durante la Segunda Guerra Mundial.

El díscolo Klimov, libre de ataduras da rienda suelta a sus más profundos deseos improbables, escribe el guión y rueda «Ven y mira», una obra maestra absoluta del cine y del género bélico. Un «Apocalypse Now» soviético, de cuyas fuentes puede beber indudablemente (más marcadamente en algunas secuencias que la recuerdan, como el asesinato de la vaca), pero a la que supera con creces en muchas ocasiones. De manera concreta, la narración, estructura, planificación y secuenciación de la masacre, desde la llegada de los soldados hasta que se marchan de la aldea, es de un lirismo y una espectacularidad que nunca había visto en pantalla (como sus planos secuencia).

Su estelar fotografía en tonos sepias, así como la demencial banda sonora, profunda y seca como un mantra a base (mal copiada posteriormente hasta la saciedad), la dirección y encuadres (que retrotraen ineludiblemente a Welles y al mucho más cercano Kalatozov) y las actuaciones de sus protagonistas, de manera excepcional el joven Alexey Kravchenko, nos introducen con un realismo apabullante en una demencial espiral sobre las consecuencias más abisales de cualquier guerra, siguiendo los pasos de un chico al que vemos envejecer y destruirse al ritmo que contempla el caos a su alrededor.

Francamente desoladora de principio a fin, como en una teoría cumplida de eterno retorno donde no se permite la inocencia, en una visión compartida en mayor medida por el Bondarchuk de «El destino de un hombre», que la esperanzadora sobre la bondad interior capaz de superar lo exterior que nos muestra Chukhrai en «La balada del soldado», ambas rusas y curiosamente de 1959.

Una joya tan desconocida como imprescindible.