«Muerte accidental de un anarquista» (1970)

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     Con el trasiego este del año enterito que vamos a estar sin gobierno (o con un gobierno en funciones, que recalca que sólo puede tomar decisiones en lo que le interesa seguir tomando decisiones) no puedo menos que echar un ojo a estos meses pasados y compartir la obviedad, a ojos vista, de que no se nota mucho la estancia en la que nos hallamos más allá de los miedos que tratan de volcar sobre las personas de a pie acerca de los bloqueos presupuestarios (aunque sus señorías siguen cobrando religiosamente cada mes por tocarse las partes nobles) y del desastre de tener que votar en Navidad, como si no se hubiesen podido valorar otras opciones.

     Sí, el desgobierno es el caos, como bien se encargan de repetir una vez y otra desde las instancias de poder aunque nada haya dejado de funcionar por el momento o cuando interesó, la Europa democrática, impusiera un gobierno de tecnócratas en Grecia o Italia hace un lustro. Quien manda es la Troika, así que importa un pito que nos pasemos veinte años más votando como si fuésemos borregos camino del matadero. Eso no va a pasar, claro, porque para beneplácito de la Europa rancia y fascista, en las terceras elecciones van a ganar los fieles apóstoles de la derecha, posiblemente con mayoría absoluta.

     No creo que resulte muy difícil encontrar la relación entre esta digresión introductoria y la obra de teatro que nos ocupa: “Muerte accidental de un anarquista”, de Dario Fo. Entre la ingente amalgama de bulos y falsas acusaciones hacia el movimiento anarquista está la de asociarlo de manera ordinaria con el desorden y la confusión. Algo con lo que colabora graciosamente la RAE y su diccionario asumiendo en su segunda acepción de anarquía la idea de desconcierto, incoherencia, barullo, cuando pocas situaciones más desconcertantes, incoherentes y embarulladas hemos podido vivir que aquellas que suceden con el gobierno de turno. Y si hay algo en lo que todos los gobiernos han de estar de acuerdo, pues los unen comunes intereses, es que la culpa de lo que sea (violencia en las manifestaciones, faltas de acuerdo, revoluciones, atentados…) la tienen los anarquistas. Sigue leyendo

Burkini y fotodepilación

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Pesista See Lee (Juegos Olímpicos de Londres, 2012)

     La semana pasada estuve en Isla Mágica. De 11 de la mañana a 10 de la noche. Tuve tiempo de protestar a la entrada, reventarme, marearme, montarme en una atracción de esas que nunca antes lo habías hecho por ser un gallina, de disfrutar por primera vez de una piscina de olas y… de ver a un par de musulmanas ataviadas con Burkini en dos sectores distintos de la zona acuática. Con sus hijos se encontraban ambas, y lo primero que pensé al verlas es que si se les prohibe el uso del burkini, se les está prohibiendo también en subsidiariedad que puedan ir con sus hijos a la piscina o a la playa. Después, casi inmediatamente, pensé que debía de ser un talibán por preocuparme de esas banalidades en lugar de rasgarme las vestiduras por tamaña muestra de machismo social y que no debería permitirse tal aberración. Se me pasó pronto este sentimiento último. Me bastó con echar un ojo en torno y ver a diestro y siniestro mujeres de toda clase social, edad y peso depiladas pulcramente desde el entrecejo hasta las falanges del dedo gordo.

     He leído mucho estos días del tema este del patriarcado, del machismo social, de la islamofobia… pero, en lo referente a los dos primeros puntos, prácticamente a ninguna mujer ni a ningún hombre les he oído mencionar ni de pasada el tema del vello, la estética y la silkepil (o como diablos se llame). Tal desmemoria o despiste me lleva a pensar en la asunción y normalización de los micromachismos (o macro) cotidianos haciendo que determinados árboles nos impidan ver el bosque. Sigue leyendo

Cargar pilas

     Decía Sir Walter Scott que «descansar demasiado es oxidarse». Durante las vacaciones sigue habiendo injusticias, insolidaridades, abusos… si el mal no descansa en verano lo peor que puede hacer el bien es dormirse en los laureles.

      Cargar las pilas no tiene que significar necesariamente descargárselas a otras personas y, del mismo modo que no cambiamos de nombre, de pareja, de familia (a menos que estemos perseguidos por la mafia), durante nuestro descanso es un buen momento para valorar cuáles son de verdad nuestras opciones vitales irrenunciables. ¿En qué pienso cuando voy a tener vacaciones?

      Que nuestro relax, necesario y del que no todo el mundo puede disfrutar, no suponga estrés y mala vida para el resto.

        Hasta septiembre.

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«Los caballos de Dios» (2012)

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Nabil Ayouch

En el nombre de dios, el compasivo, el misericordiosísimo

1. ¡por los corceles jadeantes

2. Que hacen saltar chispas

3. Atacadores al amanecer

4. En que levantan polvareda

5. Y que irrumpen en las columnas adversarias

6. Que el hombre es ingrato para con su señor

7. Y que el mismo es testigo de ello!

8. Y que es ambicioso en el amor por los bienes terrenales.

9. ¿ignora acaso que cuando los que están en los sepulcros sean resucitados

10. Y sea revelado cuanto encierran los corazones humanos

11. Que en ese día su señor estará bien informado sobre ellos?

(Corán, sura 100)

En esta sura del Corán se basa el título de la cinta del marroquí Nabil Ayouch, que hace también la labor de guionista y es importante, antes de abordar un poco el tema, recordar las palabras del propio director a fin de centrar el asunto en lo importante: «puedo entender cómo unos jóvenes se convierten en kamikazes, pero de cualquier religión», para comentar a continuación que el yihadismo no tiene nada que ver con la fe sino con «cómo transformarla en un instrumento para cambiar la mente de las personas». El filme, pues, en estos momentos convulsos donde parece que el islam tiene la culpa de todos los males del mundo, no habla del Islam, sino del terrorismo y de la manipulación en determinados contextos sociales. Y aquí, Ayouch, lo borda.

Igual que mostrara recientemente Sissako en la escalofriante “Timbuktu” (2014), el yihadismo a las primeras personas que afecta de manera visceral es a los propios musulmanes, sometidos por unos hermanos de religión capaces de los actos más viles en virtud de una interpretación rígida, obtusa y excluyente del Corán. Ya había metido los pies en el fango de manera soberbia el director Hany Abu-Assad con “Paradise now” (2005), aunque dentro del contexto del conflicto palestino-israelí, pero en “Los caballos de Dios” Ayouch da un paso más. Ambas películas comparten una ausencia de sesgo, de actitud maniquea, que las conduce inexorablemente a la imposibilidad de llegar a comprender qué motivación interna lleva a unos jóvenes a inmolarse en nombre de Dios, pero el filme que nos ocupa parte de una metódica verdad que da bastantes pinceladas acerca de dónde y por qué medran las ideas radicales del terrorismo, y la pobreza, la exclusión y la falta de recursos tienen mucho que decir. Baste recordar que de los atentados perpetrados en Europa, casi el 100% han sido llevados a cabo por ciudadanos nacidos en el propio país objeto donde sucedieron los hechos. No eran ni inmigrantes, ni refugiados, ni islamistas que han venido cuatro días a Occidente con el único fin de asesinar a decenas de civiles. Eran personas crecidas y educadas en guetos y arrabales de nuestras ciudades. Sigue leyendo