«El quinto sello» (1976)

     Escribo estas líneas antes de saber lo más mínimo del resultado de las cuartas elecciones generales en cuatro años (que se dice pronto), y con parecidos interés y preocupación acerca del resultado. No sé si todos son iguales, pero lo que sí que acierto a ver es que sea el color que sea el que enarbola la bandera de la democracia, cuando llegan arriba lo que desean es mantenerse a toda costa porque, por supuesto, lo hacen mejor que los demás. A ese «a toda costa» hace bastante referencia la película que me dio por ver ayer durante la rancia y abstrusa costumbre (incomprensible hoy día) de la jornada de reflexión: «El quinto sello», del demoledor director húngaro Zoltán Fábri. Porque su premisa: la generosa y poco consciente idea de todo ser humano acerca de desear ser aquello a lo que aspira éticamente por más que suela ser golpeada por chutes de realismo impertinente, esa premisa resulta indispensable para entender en toda su extensión lo terrible de sus últimos treinta minutos. En ese preciso instante es cuando el filme de Fábri desemboca en lo que es el goce de toda persona suscrita al poder, tenga más o menos consciencia de su crueldad, que se torna en el manual del buen fascista y que, por desgracia, su fin primigenio suele ser idéntico: que la masa no solo tenga miedo(a mí o a mi enemigo), sino que no lo quede más remedio que casi agradecérmelo.

     Tenemos tanto miedo a lo que puede llegar que esperamos desde la inmovilidad más absoluta. Y el miedo nos vuelve tan seguros y estúpidos que se han vertido ríos de tinta sobre la imaginación de lo terrible que puede ser lo que espero: Esperando a los bárbaros (Cavafis), El desierto de los tártaros (Buzzati), Zama (Di Benedetto) e incluso En la penumbra (Benet).

     No hace falta ser un lumbreras apara relacionar el título con el libro del Apocalipsis: «Cuando el Cordero rompió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los que habían sufrido el martirio por causa de la palabra de Dios y por mantenerse fieles en su testimonio. Gritaban a gran voz: «¿Hasta cuándo, Soberano Señor, santo y veraz, seguirás sin juzgar a los habitantes de la tierra y sin vengar nuestra muerte?» (Apocalipsis 6, 9-10).

     ¿Tú quién prefieres ser? ¿El fiel no vengado o el verdugo sin conciencia de serlo? Fábri, muy listo él, que rueda la cinta durante la Guerra fría en un país que formaba parte del Pacto de Varsovia, sitúa la historia en 1944, durante la ocupación, cuando toda ética puede subvertirse a la situación sin sentirnos del todo mal, pero no hay duda de que todo el mundo entendía de qué estaba hablando, y tampoco me cabe a mí la menor duda de que no está a salvo de esta quema sobre fieles y verdugos ninguna magnificente democracia que se precie de serlo.

     Entonces… ¿quién prefieres? Y entonces… ¿quién eres?

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